Noche de insomnio

En la noche del martes 8 de noviembre, cuando recién empezaban a conocerse los resultados de la elección presidencial norteamericana, me pareció que lo prudente era guardar fuerzas. Lo que decía la TV no era tranquilizador. Desde el primer momento Donald Trump mostraba sorprendentemente buenos resultados. A las 10 de la noche (las 8 en Nueva York) el computo era decidor. Según las agencias: “Llevaba la ventaja con 52.6 por ciento de los votos populares y 24 votos electorales, mientras Hillary Clinton sumaba 44.1 por ciento de votos populares y 3 votos electorales”.

Me acosté y me dormí.

Desperté a las 4 de mañana y la elección seguía indecisa.

Poco después, aunque la candidata demócrata reaccionaba con excesiva cautela, el resultado era evidente. Así lo dio a conocer a esa hora el propio Trump. Se presentó en un majestuoso escenario acompañado de su familia, incluyendo a su soñoliento hijo menor. Fue una potente señal de cambio, por lo menos en el lenguaje: “Seré el presidente de todos los (norte)americanos y esto es importante para mí”. Pidió también “ayuda para trabajar por unificar nuestro gran país”.

Esta actitud inesperadamente conciliadora no ha resuelto, sin embargo, las muchas dudas planteadas: ¿Por qué pasó lo que pasó? ¿Quiénes son los responsables de los errores de cálculo: los propios candidatos, las encuestas, los políticos, los periodistas?

Lo más probable es que la respuesta correcta sea decir “” a todo. Pese a algunas voces de advertencia, es evidente que son muchos lo que se equivocaron al tomarle el pulso al proceso electoral, Lo más grave es que no se trata de un fenómeno aislado: quienes se encargan de controlar los signos vitales se equivocaron igualmente respecto de la votación británica por el Brexit (la salida de la Unión Europea), el plebiscito colombiano y, aunque a sideral distancia, respecto del alto nivel de abstención de las municipales de nuestro país.

Cada vez se hace evidente que hay un choque entre quienes miran la política como un ejercicio tradicional, con reglas claras y campañas sin golpes bajos, y los que creen que la política es un inmisericorde combate cuerpo a cuerpo, cuyo modelo informativo son las redes sociales donde se dice de todo y nadie respeta nada: ni al adversario ni al público.

Este estilo lo estrenó en nuestro continente Hugo Chávez cuando llegó al poder en Venezuela. Hoy resuena, como un eco lejano, en Filipinas, en boca del Presidente Rodrigo Duterte, quien ha derrochado groserías y mano dura contra sus enemigos o quienes él cree que lo son.

Duterte acaba de prometer que cambiará su lenguaje porque así se lo advirtió Dios. La pregunta es si Trump, quienquiera que lo inspire, persistirá en hacer lo mismo ahora que ganó.

A. S.
11 de Noviembre de 2016
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas