La mala elección de Chávez

Nicolás Maduro es inconmovible. Cantó victoria en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, asegurando triunfalmente que habían votado ocho millones de ciudadanos, apenas el 41 por ciento de los casi 20 millones de inscritos. La empresa encargada del sistema, morigeró cualquier entusiasmo cuando hizo ver que en el conteo había una diferencia de por lo menos un millón de sufragios. No es un dato difícil de aceptar: la televisión mostró como el lector computarizado rechazó la identificación de Maduro pese a lo cual votó de todos modos.

El paso siguiente fue sacar abruptamente de sus casas a los dirigentes opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma hasta entonces con detención domiciliaria. Después se supo que en la nueva Asamblea, al mejor estilo de las dictaduras familiares, no solo están sus amigos sino también su esposa y uno de sus hijos.

Paradojalmente, la maniobra electoral, bautizada como “un autogolpe” por el diario El País, ha dejado a Maduro con menos leales que nunca. Dejó en evidencia, además, que ha surgido una generación de “viudos” de su mentor, Hugo Chávez. En rápido recuento periodístico el diario El Mundo recogió opiniones llenas de nostalgia: “Con Chávez no estaría pasando todo esto, él era efectivo”, aseguró la dueña de casa Nury Figueroa. “Chávez sabía manejar las cosas, hubiese controlado la situación”, agrega Richard Blanco del Metro de Caracas. “El impacto sería menor, él era misionero y estratega”, subraya Claudia Utría. “Hubiese controlado todos los problemas. Era un líder”, concluye Rodríguez.

Nombrado “a dedo”, Maduro ha terminado siendo la peor derrota de Chávez. Por su estilo confrontacional y debido a la crítica situación económica, ha perdido partidarios, incluyendo muchos chavistas históricos. El resultado es un atrincheramiento con los incondicionales empezando por su esposa y familia. A ellos se suman, según La Nación de Buenos Aires, Delcy Rodríguez; la ex canciller, quien dirigirá la Comisión de la Verdad chavista, con la que pretenden castigar a opositores y disidentes; con Carmen Meléndez, y con Iris Varela, la ex ministra de Prisiones. Aristóbulo Istúriz y Darío Vivas completan el círculo más estrecho del madurismo.

Todo esto, claro, empezó con la decisión de Hugo Chávez de designarlo su Delfín.

Conforme una larga experiencia histórica, el mayor problema de cualquier dictadura o régimen autoritario, es cómo asegurar su continuidad en el tiempo. Por supuesto, todo hombre fuerte se considera irreemplazable por lo que el mejor recurso es tratar de perpetuarse a sí mismo en el poder. Desde los tiempos de Rafael Leonidas Trujillo, en República Dominicana, hasta Nicolás Maduro, pasando por Evo Morales y otros aprendices o aprendizas, el método preferido es la reelección indefinida. Pero ya se sabe que ni lo más poderosos pueden escapar de la enfermedad y finalmente de la muerte. Lo normal entonces es elegir un buen sucesor que asegure la continuidad del proceso.

Evidentemente, no hay garantía alguna de éxito. Los sucesores tienen tendencia a asumir que son más sabios y están mejor preparados que sus antiguos jefes. O, simplemente, se demuestra que su lealtad no les aseguraba el éxito. Es lo que se está demostrando en estos días en Venezuela. Maduro no da el ancho que esperaba Chávez.

A. S.
Agosto de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas