Historias de Terremotos

Columna Tecnológica por José Miguel Santibáñez

Enfrentado a la escritura de un documento sobre uso de tecnologías de red, me encuentro con una publicación de un japonés de apellido Matsuzaki que propuso un proyecto para facilitar las condiciones de rescate de personas que están atrapadas en sus casas después de un terremoto.

El proyecto es impresionante, pues tecnológicamente está a años luz de lo que vemos en nuestro país. De partida, el proyecto asume la existencia de “hogares inteligentes” (asumiendo que la mayoría de los hogares lo son) y que entre otras cosas: tienen una gran variedad de sensores para usos cotidianos (desde el encendido automático de luces cuando una persona camina por las distintas habitaciones de la casa, pasando por botones de pánico enlazados a los celulares, hasta las tradicionales cámaras de seguridad). En segundo lugar, asume que los hogares disponen de equipos computacionales constantemente conectados y supervisando estos sensores (y produciendo los efectos solicitados). En tercer lugar, asume que la gran mayoría de esos equipos, se encuentra alimentado por sistemas de paneles solares, lo que asegura que los equipos podrán estar operativos durante un mínimo 3 días, que es lo recomendado para poder hacer la búsqueda y rescate de personas con posibilidades de supervivencia. Como en muchos de estos proyectos académicos, es probable que el autor haya hecho supuestos menos realistas de lo recomendable. Pero no es raro pensar que en Japón ya hay muchos hogares así.

Pero lo que definitivamente me superó, es que el proyecto, para garantizar su operatividad, define herramientas de software que se activa cuando la Agencia Meteorológica Japonesa (JMA, que para este efecto, actúa como esperaríamos de la ONEMI) envía sus “alertas preventivas” de terremoto, gracias al llamado “Sistema de Alerta Temprana de Terremotos”, que funciona de una manera “simple” pero eficaz. La premisa es que las ondas del terremoto se mueven a una velocidad inferior a la de las comunicaciones, por lo tanto, si se dispone de suficientes sismógrafos repartidos por el territorio, en cuanto ocurra un terremoto, al menos un sismógrafo se activará enviando una señal inmediata a la JMA estimando, epicentro, magnitud e intensidad del terremoto. Con el mismo principio, a los 10 segundos de haber ocurrido el terremoto, se habrán activado dos o tres sismógrafos, lo que permitirá hacer una mejor proyección de lo ocurrido e informar a la población (incluyendo el “tiempo de llegada del terremoto” a una determinada ciudad). 20 segundos después, ya se habrán activado de 3 a 5 sismógrafos, lo que da garantías de seguridad de la información y se puede enviar una segunda alerta mucho más confiable. Son los sistemas computacionales de la JMA los que permitirán hacer las proyecciones (en milésimas de segundo) acerca del nivel de alcance e incluso el riesgo de tsunami. De esta forma, cundo el terremoto impacte a una ciudad, la gran mayoría de sus habitantes estarán –cuando menos- advertidos del peligro.

El proyecto del japonés incluye muchos más temas, por ejemplo, una gracia es que los rescatistas pueden “preguntar” desde su celular al hogar inteligente si hay o no personas atrapadas en dicha casa. Y eso de manera directa, ya que asume que los antenas y sistemas de comunicación celular, pueden estar caídas o cuando menos colapsadas.

Visto lo anterior, uno esperaría que acá en Chile se hicieran inversiones que, cuando menos, permitan obtener información preliminar de la llegada de un terremoto. No parece ser tan difícil. Es sólo cuestión de voluntad.