Educación Superior para el siglo 21…

Columna Tecnológica por José Miguel Santibáñez

Vuelven las marchas por la educación y la ciudad se vuelve a quedar parada. Aunque el tema principal sigue siendo la gratuidad, espero que más temprano que tarde se vuelva a conversar sobre la calidad de la educación que queremos para Chile.

¿Qué está pasando en la educación superior? A la fecha, la mayoría de las clases se siguen haciendo al estilo antiguo, los profesores “dictan cátedra” (con distintos apoyos tecnológicos desde apuntes, guías, videos en youtube o derechamente “busquen en internet”), y los estudiantes toman apuntes (cuando lo hacen), resuelven tareas, entregan informes y, dependiendo del caso, estudian. El sistema funciona, si el estudiante está motivado y esa es siempre la piedra de tope. ¿Quién debe motivar al estudiante? Y de la mano: ¿Quién motiva al profesor?

Para muchos padres y apoderados, la motivación del estudiante debiera provenir del profesor, quien al conocer su cátedra, también debiera conocer las estrategias más apropiadas para que el contenido “llegue” a los estudiantes. Pero cada estudiante es un “mundo aparte”, lo que sirve con uno, no necesariamente sirve con otro. Me tocó ver un caso de un profesor que dictaba la misma asignatura en diurno y vespertino, mientras los diurnos lo adoraban como “gran maestro”, los vespertinos reclamaban que “no cumplía ni enseñaba”. Por lo que me tocó ver, el profesor usaba la misma estrategia con ambos grupos, siendo todos más o menos de la misma edad y –hasta donde se podía averiguar- bagaje cultural.

Por si fuera poco, en el mundo se discute si el aprendizaje debe ser por objetivos (el estudiante debiera alcanzar una cantidad de “conocimientos”) o por competencias (el estudiante debiera lograr ciertas “habilidades”) la discusión no es menor, cuando además la educación superior se entrega por “carreras” o planes académicos que los profesores consideramos apropiados para la entrega de un título profesional (y/o grado académico). Por otra parte, Google y otras empresas, en la idea de aportar a las competencias, generan sus cursos on-line masivos, que permiten adquirir conocimientos determinados, aunque a veces sin el contexto necesario para lograr su aplicación práctica).

El otro actor importante, es la organización que entrega esta educación superior, la que debe lograr conciliar la entrega de conocimientos/competencias con sus estados financieros, los cuales se cubren con el aporte del estudiante (sea directo o por crédito) o del estado. Y eso conlleva ciertos criterios de racionalización que no siempre van de la mano con los criterios académicos, como por ejemplo, que si en un curso hay pocos estudiantes, se integren con otros cursos similares, o se reduzca la cantidad de horas de servicio del profesor. Y eso hace más complicada la labor de un profesor que debe pagar sus cuentas y por lo tanto compatibilizar clases con trabajo; o juntar muchas horas de clases en distintas partes. Si tiene “suerte” hace ramos similares, lo que le permite crear material para distintas instituciones, pero si no, es difícil que genere todo el material que le gustaría o necesitaría (y aun así, nada asegura que sea de real utilidad a los estudiantes). Hay que señalar, que el tiempo para crear ese material, normalmente es el que le queda libre al profesor y tiene que compartirlo con el tiempo para crear y corregir las distintas evaluaciones, lo que lo hace aún más reducido.

¿Quién motiva al profesor? La respuesta estándar es que para eso se le remuneran sus clases (automotivación) pero al momento de tener que definir si el tiempo lo usa en temas académicos o familiares, la respuesta no es tan sencilla. La experiencia de diferentes empresas (otros rubros) es que la automotivación es siempre insuficiente, por lo que se organizan talleres, coaching y otros tipos de experiencias para mejorar resultados. Pero con los profesores en la educación superior, por el problema de los horarios, no es tan práctico hacerlo. Hay quienes tiene interés, pero lograr encontrar un espacio disponible común, es tarea titánica (cuando no imposible).

Me parece que es un error el enfocar el problema de la gratuidad, sin enfocar primero la calidad. Aunque creo que es bueno disponer de profesores que trabajen en la industria y por lo tanto conozcan “la realidad actual”, también es necesario preguntarse “cómo” deben hacer las clases, y prepararlos para ello, y desde allí buscar los mecanismos para que las instituciones puedan funcionar bajo esos conceptos. Mal que mal, la base de la academia son los estudiantes y sus profesores. Sin ellos, no hay educación.

Nota:
Esta columna es fruto de diversas conversaciones con maestras, profesores y académicos de varias instituciones. Un agradecimiento a todos ellos por ayudar a aclarar las ideas que están claras. Las confusas, son de mi exclusiva responsabilidad.