Otra Michelle

 

El 11 de marzo próximo, tras su juramento en Valparaíso, Michelle Bachelet volverá a La Moneda.

Las últimas encuestas apuntan a un éxito en primera vuelta este 17 de noviembre. Pero, si no fuere así, casi no hay dudas de que triunfará definitivamente en el balotaje de diciembre.

Para los militantes y simpatizantes de la Nueva Mayoría, es el desquite de la derrota sufrida por Eduardo Frei hace cuatro años. Pero Frei no era Michelle Bachelet. Michelle no es la misma de entonces.

No solo la marcó el duro golpe del terremoto y maremoto cuando ya todo el mundo había hecho sus maletas en La Moneda y hubo vacilaciones y errores que le pasan la cuenta hasta hoy. Sus años en Nueva York, sus viajes en calidad de autoridad máxima de ONU Mujeres, el ser acogida en todo el mundo, le han dado una mayor madurez, sólo comparable a la pléyade de funcionarios internacionales chilenos del siglo XX: Carlos Dávila, Felipe Herrera, Hernán Santa Cruz, Manuel Bianchi Gundián, Benjamín Cohen y otros.

Desde que empezó la campaña –desde mucho antes, en realidad- la candidata de la Nueva Mayoría ha sido atacada implacablemente desde el extremo anarquismo al extremo pinochetismo. Ha resistido, aparentemente sin grave deterioro personal ni en su imagen política. Pero por cierto no es incombustible. Es un ser humano que, como todos, ha tenido vacilaciones y ha cometido errores, Tiene, sin embargo, un innegable carisma que la hace querible, complementado con una racionalidad que pocos ponen en duda.

Al volver al gobierno es posible, como ya lo ha anticipado, que no logre cumplir su programa por completo.

Ya sabemos –pese a que en el fragor de estos días casi no se habla de ello- que sin un apoyo mayoritario en el Congreso habrá proyectos y reformas de fondo que no se podrán concretar. Ello explica su énfasis en ganar en primera vuelta pero, sobre todo, lograr una contundente mayoría en ambas cámaras.

En esta perspectiva se puede entender el realismo con que Ernesto Ottone (“Es el programa de alguien que va a gobernar”) y de Genaro Arriagada analizaron el conjunto de las promesas de su programa. Arriagada fue categórico al hacer ver que los críticos querrían “un corsé de hierro”: “No comparto esa opinión, agregó consultado por El Mercurio. Un programa presidencial debe tener una dosis razonable de ambigüedad y eso no solo lo hace más creíble, sino que respeta la función de la política y el rol del estadista, que eso es lo que debe ser el presidente de la República”.

El tema, por supuesto, no es solo de los proyectos que se han presentado. Su éxito depende de modo fundamental del equipo que la secunde. En el primer gobierno hubo ciertas decisiones y designaciones que a poco andar debieron revisarse. Ahora ya asomó de nuevo la frase de que “nadie se repetirá el plato”, cuya debilidad principal es que con ella, ella misma se contradice.

Esperemos que solo sea un exceso de entusiasmo de sus asesores publicitarios. Haberlo puesto así es un error.

Confiemos que solo sea un pequeño error. O, mejor: apenas un desliz.

 

A. S.
Noviembre de 2013
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas