La nostalgia de los perdedores

Donald Trump no inventó el Ku Klux Klan. Tampoco el neonazismo ni el antisemitismo. Pero, con su desprecio a las minorías raciales, ha alentado el odio contra los negros, los judíos y los inmigrantes.

Luego del choque entre los “supremacistas” y los defensores de los derechos humanos, Trump justificó plenamente a los atacantes blancos. Según resumió The New York Times, “nunca había llegado al nivel como lo hizo durante una conferencia de prensa en la que despotricó y aseveró que los activistas de una presunta ultraizquierda eran igual de responsables por la violencia que los manifestantes que marcharon con swásticas, banderas del ejército confederado, carteles antisemitas y afiches de Trump y del vicepresidente Mike Pence”.

En el epicentro de la situación quedó Charlottesville, una pequeña ciudad universitaria, aparentemente tranquila. Terry McAuliffe, el gobernador demócrata del estado de Virginia, acusó a Trump de insensible, incapaz de ver la realidad: “Los neonazis, integrantes del Klan y supremacistas blancos llegaron a Charlottesville fuertemente armados planteando el odio y en busca de pelea”.

De acuerdo a The New York Times, Trump generó la molestia incluso en “miembros de la Casa Blanca que nunca imaginaron que el mandatario iba a pronunciarse de forma tan clara sobre esas opiniones que ha mantenido en privado durante mucho tiempo”. En público Trump no admite críticas ni reconoce culpables. Sostuvo que, a pesar del despliegue de banderas nazis y símbolos extremistas, en Charlottesville había “muchas personas que estaban ahí solo para protestar de forma inocente y muy legal”.

La situación se convirtió en un nuevo capítulo de la Guerra de Secesión, librada hace más de un siglo y medio entre 1861 y 1865. Por la manera como se ha ido enturbiando la situación, parece que no será el último enfrentamiento. Por cierto, la paz no es tal. Tras el cese formal de las hostilidades, la guerra no ha cesado. Pese a las represalias del norte, los sudistas mantuvieron vigente por años la segregación racial. Solo un siglo después de la guerra se resignaron a aceptar el fin de la segregación en los establecimientos educacionales y la prohibición de los matrimonios mixtos.

El renovado fanatismo de los sureños, perdedores en el conflicto frente a los estados del norte que querían el fin de la esclavitud, se ha centrado en la cerrada defensa de sus símbolos. Empezó con la bandera confederada, la misma que lucían los “Dukes de Haizzard” en la TV y los monumentos a sus héroes.

El primero fue, precisamente la estatua ecuestre del general confederado Robert Lee ubicada en Charlottesville, Otras ciudades han anunciado que también retirarán parecidos homenajes. La defensa de Trump es patética: en Twitter argumentó la semana pasada que “es triste ver la historia y la cultura de nuestro gran país siendo destrozadas con la eliminación de nuestras hermosas estatuas y monumentos”,

Durante años, se impuso un recuerdo idealizado, la nostalgia de los buenos tiempos descritos en Lo que el viento se llevó. Era fácil ignorar que la aparente felicidad se sustentaba en el trabajo de los esclavos negros. Pero ahora, envalentonada por el triunfo de Trump, ha surgido una generación que quisiera volver a sangre y fuego a esos ignominiosos tiempos.

A. S.
Agosto de 2017
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas