Un Papa para recordar

Dos Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II son canonizados simultáneamente por la Iglesia Católica.

A este hecho inédito hay que sumar otro: son hombres de nuestro tiempo, con grandes similitudes y no pocas diferencias. Aunque sus preocupaciones fueron universales, ambos influyeron de manera decisiva en la historia de Chile: Juan Pablo II aseguró la paz entre Chile y Argentina cuando los buques de guerra estaban a punto de enfrentarse; Juan XXIII alentó al Cardenal Raúl Silva Henríquez a que no vacilara en realizar la Reforma Agraria en los fundos de la Iglesia.

El juicio histórico muestra diferencias: el período de Juan XXIII duró cinco años; el de Juan Pablo II fue mucho más extenso (desde 1978 hasta 2005), tan extenso que es fácil diferenciar etapas entre sus primeros años y los del final de su pontificado. En esta última fase se multiplicaron los reproches, en especial por las denuncias no escuchadas contra sacerdotes pedófilos.

Mi recuerdo personal de Juan XXIII se remonta al verano europeo de 1960, cuando tuve oportunidad de asistir a una audiencia en Castel Gandolfo, el tradicional lugar de veraneo de los pontífices.

Juan XXIII nunca renegó de su origen campesino, aunque hizo una brillante carrera como nuncio, primero, y luego como Patriarca (arzobispo) de Venecia, ciudad nada rural, por cierto.

Su sobrepeso evidente, sumado a sus dichos fuera de libreto, pueden confundir: el campesino de apariencia bonachona ocultaba un pensador profundo con una gran compenetración de los desafíos del catolicismo en el siglo XX. Por ello sorprendió cuando, apenas tres meses después de su elección, convocó al Concilio Vaticano II. Además, en su breve pontificado, entregó dos trascendentales encíclicas: Mater et Magistra (Madre y Maestra, 1961) y Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963, dada a conocer en uno de los peores momentos de la Guerra Fría.

El Concilio y estos dos documentos le aseguraron un papel destacado en un mundo que todavía no se asomaba a la globalización. Pero, al mismo tiempo, sus múltiples gestos de sencillez y lo que el periodista Henri Fesquet bautizó como “Las florecillas del Buen Papa Juan” conquistaron el corazón de los fieles y la simpatía de creyentes y no creyentes.

Un ejemplo:

Cuando se preparaba para recibir a la Primer Dama norteamericana, Jacqueline Kennedy preguntó cuál era el saludo protocolar que correspondía. Ensayó varias veces el tratamiento indicado pero, finalmente, cuando llegó la visitante, abrió los brazos para acogerla y solo dijo: “¡Jacqueline!”.

No es de extrañar que el Papa Francisco, sea visto como el verdadero continuador de la obra de Juan XXIII.

A. S.
Abril de 2014
Publicado en los diarios El Día de La Serena, El Centro de Talca, El Sur de Concepción y La Prensa Austral de Punta Arenas