El legado de Jaime Moreno Laval

Columnista invitado: Sergio Velasco
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Transcurría la vida, eran otros tiempos, ya no tan agitados, pero intensos. Algo indescriptible pesaba en un ambiente muy raro, sentía una inquietud a flor de piel, una extraña sensación de que sucedería un acontecimiento fatal, el que estaba absolutamente fuera de alcance humano.

Esa mañana del 29 de marzo de 2012 nos despertamos con la infausta noticia que inundaban todos los medios, radios, diarios y canales de TV nacionales y extranjeros. Había fallecido Jaime Moreno Laval, víctima de la “innombrable”, después de una larga agonía.

Aquella cruel enfermedad que ataca principalmente, a hombres y mujeres y niños, en la plenitud de sus facultades, humanas y profesionales, para impedir la continua entrega de su talento y aporte generoso a la comunidad

He sufrido la irreparable pérdida de padre y madre, a muy temprana edad. Amigos de infancia, compañeros de luchas, camaradas admirables, gente cercana a uno, también conocidos dirigentes sindicales, campesinos y anónimos pobladores que siempre se la jugaron como pocos en nuestro país, para rescatar valores perdidos. Ellos han merecido mi mayor consideración y respeto, por su admirable legado que nos dejaron.

Pero este particular deceso me dolió, profundamente.

Fue la mala noticia que nos dejo a muchos paralogizado, la indiferencia cotidiana del ser sucumbió ante el sufrimiento, por la partida inesperada de un héroe por siempre.

Los periodistas deben decir la verdad.

Andrés Sabella, poeta, fundador de la Escuela de Periodismo de la U. Católica del Norte grande, en sus clases, exhortaba a sus alumnos. “Ustedes deberán ser periodistas comprometidos y todos los periodistas comprometidos con el futuro de la sociedad deben decir la verdad por lo que tendrán problemas con quienes ejercen el poder”.

Como profesionales del periodismo- continuaba el maestro – se están formando para que estén junto a los que sufren y tienen dificultades para poder sobrevivir. Ustedes serán intermediarios entre la comunidad y quienes gobiernan, por eso, no siempre serán comprendidos por el poder establecido.

Entenderán que deberán también defender la libertad de expresión que es uno de los valores esenciales del ser humano para que este bien informado y pueda tener opinión y decidir la acción política.

Los tiempos que se avecinan son difíciles y estoy seguro que muchos de ustedes tendrán dificultades pero eso no los puede hacer retroceder ante los propósitos de defensa de esos valores.

Podrán presionarlos por quienes quieren conculcar los derechos de todos. Deben saber resistir sin pensar en las consecuencias. La única forma que sean periodistas honestos y consecuentes.

Jaime Moreno Laval, encarnó, durante toda su vida personal y profesional al periodista con estas virtudes. En una época difícil, cuando era natural ser ignorado y/o muy cómodo evitar meterse en dificultades. El fue un visionario trabajando con la más temeraria herramienta de que se dispone: la palabra. Que es temida por todas las dictaduras, o régimen corrupto, del signo que fueren.

Fue un luchador incansable por la libertad de prensa, consecuente con sus principios, y riguroso en sus opiniones. Sabía que muchas de ellas le podrían traer problemas a él y por consecuencia a su familia, aun así defendió sus ideas sin descanso: “costara lo que costara” durante el corto ejercicio de su profesión.

Por esa actitud invariable, recta y honesta, rápidamente se destaco en un medio hostil. Donde decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, era causal más que suficiente, para ser detenido, desaparecido, o asesinado por los esbirros de la dictadura imperante de la época. Época en la que le toco jugar, un rol importantísimo.

Cuando no, por cierto delatado, por sus propios pares, soplones y obsecuentes, que bajo el amparo de los organismos represivos de la Dina, aquél siniestro órgano represor de la dictadura, intentaron acallar las voces disidentes, por pretender decir lo que en el país sucedía a diario, en distintas materia, entre otras, especialmente las reiteradas violaciones a los derechos humanos.

Jaime, destacó, junto a unos pocos, quienes enarbolaron los principios fundacionales del periodismo en Chile, desde la época de Camilo Henríquez, y vigentes hasta hoy día, basados en la evidencia de que sin libertad de prensa nunca se podrá conquistar la verdadera democracia.

A ello consagró su intensa vida.

Su propósito entonces estaba enraizado en estos valores, inalienables: la Libertad y la Democracia. Que lo hace rápidamente ser respetado por su credibilidad a toda prueba. El país le debe mucho, porque muchos siguieron su ejemplo desde distintas trincheras, intuyendo, que donde él estuviera, había un amigo que no se quedaría callado, ante cualquier asomo de injusticia, para defender al débil y oprimido.

Así comenzó a tejerse una historia. Hechos inéditos jamás contados. Aquella que comienza a relacionarnos con el vecino de las parcelas de Santo Domingo. A cuya casa nos invitaba, en particular en el periodo estival, para charlar sobre los últimos acontecimientos ocurridos en la Provincia de San Antonio. Los cuales no eran escasos, todos ellos envueltos en una crueldad indescriptible, que pocos se atrevían a denunciar por las represalias que significaba tal osadía.

Sus razonamientos siempre fueron muy certeros. Estaba vinculado, “con la papa misma” donde la noticia se producía. Difundiéndose tanto en Radio Chilena, perteneciente al Arzobispado de Santiago, o en el Diario de Cooperativa, del cual fue su primer conductor. Leer sus crónicas en la Revista “HOY”, el desaparecido semanario, que enfrentó al régimen militar, fue toda una hazaña, dado que la censura previa, impedía publicar los hechos tal como se sucedían.

Jaime siempre tuvo palabras de aliento, su risa era contagiosa, el optimismo fluía permanentemente, aún cuando, en el horizonte inmediato no se veía nada nuevo que presagiara algún cambio. Quienes ilegítimamente gobernaban con mano de hierro, cometían todo tipo de tropelías al amparo de un Estado todopoderoso, de Tribunales de Justicia cómplices y de fuerzas especiales entrenadas especialmente para matar, torturar y hacer desaparecer a quienes osaran intentar emitir una opinión diferente a la oficial, emanada de los círculos de la Dictadura.

Aflora la voz potente del Director de la Radio Católica comprometida con los pobres, haciendo carne el evangelio de Cristo, bajo la sabia conducción y orientación pastoral de monseñor, Raúl Cardenal Silva Henríquez, siendo “la voz de los sin voz”, denunciando, defendiendo, protegiendo, amparando a los perseguidos, los cuales eran encarcelados sin piedad ni asomo de humanidad.

Así comienza a cruzarse los infinitos caminos del destino, destino que nos traería días de dulce y de agraz. Con una complicidad basada en principios comunes. Asociado al consagrado derecho de ser libres. A PensarChile, como una patria para todos. Donde todos somos hijos de un mismo país. A recuperar el Alma de la Nación, para los chilenos y chilenas, como lo reiterara el Cardenal, en sus homilías de celebración de la Independencia Nacional.

Aunque compartíamos los mismos ideales, los mismos postulados ideológicos, abrazábamos la causa humanista y cristiana – la distancia no fue un impedimento para concordar, unirnos en los propósitos, sin mayor condicionamiento o cálculos mezquinos, sabíamos lo que teníamos que hacer. Afrontar con nuestro modesto aporte el llamado de la Historia.

Nos decía, en la arriesgada clandestinidad, cuando venía a la costa, con Ximena, e hijos y lográbamos reunirnos en torno a un ficticio casamiento o cumpleaños familiar. “No aflojen muchachos, son los llamados a construir una Patria nueva, para que nunca más en Chile vuelva a pasar lo que hoy estamos sufriendo, inmerecidamente”. Con absoluta convicción insistía. Ustedes son el futuro, son el futuro.