Un encuentro con Nicanor Parra

Columnista invitado: Juan Emilio Herrera

El siguiente es el relato de una visita personal al legendario creador de la anti-poesía en su casa de Las Cruces.

Subiendo unas escarpadas escaleras de piedra y cemento por las laderas de los cerros que circundan el balneario de Las Cruces (V Región), puedo llegar finalmente a la calle polvorienta que conduce hasta la puerta del anti-poeta. Llevaba en mente sólo un derrotero: “Donde hay un Volkswagen escarabajo estacionado, ahí vive él”, según me dijera un lugareño.

La casa de Nicanor Parra se ubica en lo alto de un cerro frente al mar. A la entrada se observan algunos graffiti -casi ininteligibles- que aluden a la anti-poesía. Consciente de lo difícil que es lograr hablar con él -más aún sin previo aviso- golpeo tímidamente la puerta y sale su asesora del hogar; a ella le pido “que por favor entregue este libro a don Nicanor para que me lo firme, si es tan gentil.” Tras unos instantes, ella regresa sin el libro y me sorprende: “Dice que pase.

Sentado en un rincón de su living, con vista a la inmensidad del mar, Parra saluda y advierte: “Este libro fue su pasaporte para entrar, porque aquí no entra cualquiera...Cuando me tocan la puerta, yo a veces les mando a decir: ´si se sabe Hamlet de memoria, que pase; si no, no.´” Y en su rostro severo ni siquiera se asoma una sonrisa.

El libro en cuestión era una rara edición bilingüe de sus “Poemas y Antipoemas.

-¿Dónde lo consiguió? -pregunta algo intrigado.

- Lo compré en California...

Se queda pensativo un instante y me dice:

-¿Usted ha estado en Inglaterra?

- No, solamente en Estados Unidos...

Me mira fijamente a los ojos y -levantando el índice de su mano derecha en señal de advertencia- replica:

-Sin Inglaterra, nada...Sin Inglaterra ¡na-da!...Los ingleses son los mejores en todo... ¡hasta son los mejores piratas!

Luego su rostro se ablanda y llama a su asesora para que le sirva “un tecito” al inesperado visitante. Y cuenta que se encontraba trabajando en la traducción de unos textos de Shakespeare, para ser publicados en español. Sobre la mesita de centro descansa un diccionario inglés-español y -más allá- un grueso libro a todo color con fotografías de Violeta Parra. Al advertir la atención que provoca ese lujoso volumen, el poeta se relaja un poco y hace recuerdos: “Tanto que le dije a Violeta que no se dedicara al guitarreo... ¡Si eso no da nada! -le dije muchas veces...Pero no me hizo caso. Por eso es que al final se pegó un tiro.

Se queda pensativo una vez más y agrega una reflexión escatológica, que tal vez pudiera resumirse en pocas palabras: “al final de todo, quedaremos convertidos en una ínfima célula microscópica del Universo...

El laureado anti-poeta escribe su autógrafo en el libro que me permitió entrar a su taller; y yo le doy las gracias. Me acompaña hasta la salida de la casa y desde allí se despide sonriente -y haciendo el signo de la paz con sus dedos- antes de cerrar la puerta.