ADIÓS.

Columnista invitado: Joaquín Villarino

Hace menos de tres años, el diario La Tercera inauguró la sección El representante del Lector, a cargo del periodista Joaquín Villarino. Su “función (es) defender la voz del público, acoger cuestionamientos, críticas u objeciones para dar solución a los problemas que pueda originar la manera en que el diario presenta sus contenidos, velando siempre por que se cumplan los estándares éticos y profesionales del periodismo”.

Antes, el diario La Época inauguró la misma experiencia con el periodista y escritor Guillermo Blanco. Igualmente la radio de la Universidad de Chile y la revista El Periodista han creado este puesto. Su éxito ha sido relativo. Guillermo Blanco renunció debido a que las quejas eran pocas: el diario cometía errores, pero sus fieles lectores preferían no ventilarlos, lo que se explica por la larga odisea que precedió a la autorización para salir a la calle.

También se sabe de problemas del Ombudsman en otras partes del mundo, incluyendo el prestigioso diario norteamericano The Washington Post. Hace un par de meses, el Post terminó con su Ombudsman –cargo independiente de la jerarquía del diario- reemplazándolo por una versión más liviana y con menos poder.

El pasado domingo, Villarino anunció el final de su tarea, tal como lo explica en la columna que se reproduce a continuación. De manera extraoficial se sabe que su reemplazante será Ricardo Hepp, ex director de El Sur de Concepción y, hasta ahora, presidente del Consejo de Ética los Medios.

LLEGO LA hora de despedirme de los lectores y periodistas de La Tercera. Han transcurrido dos años y 10 meses desde que se creó la figura del Representante del Lector, que inauguré cuando el diario presentó su actual diseño y que he mantenido invariablemente, sin interrupción todos los domingos. No ha sido una tarea sencilla, en parte porque se trata de una institución prácticamente desconocida en el país, por eso mismo no siempre es comprendida a cabalidad. En este aspecto, algunos lectores yerran al considerar que su Representante dispone de facultades que no son de su competencia; por ejemplo, imponer temas en la pauta periodística o difundir, en cualquier sección, las opiniones que le hacen llegar. A lo más en ese ámbito está en condiciones de sugerir, proponer, pero no imponer.

En esta labor solitaria he contado con absoluta independencia y libertad; así lo requiere el ejercicio de esta función. De igual forma, he dispuesto de total autonomía a fin de acoger los reclamos de ustedes, los lectores, y del público en general. Todos ellos implican un aporte y ayuda para un mejor ejercicio periodístico.

Les agradezco su estímulo, reconocimiento y colaboración, como asimismo la respuesta entregada por el sector periodístico para formarme una opinión a fin de explicar, aclarar o corregir las deficiencias que se hayan producido.

No es grato dejar en evidencia errores, faltas o imprecisiones que suelen deslizarse en la edición de un diario, pero esa tarea desagradable -para quien la hace y quien la recibe- tiene un objetivo: lograr la excelencia en un trabajo destinado prioritariamente a sus lectores. La crítica en nuestro país no siempre es acogida en su sentido positivo, sino más bien suele ser considerada como ataque de índole personal. Aclaro esto porque si en mis juicios cometí equivocaciones, pido perdón; pero siempre fueron con la pretensión del progreso del diario y de quienes lo materializan.

Por eso agradezco las críticas y las observaciones de profesores y alumnos de periodismo, quienes han debatido sobre ciertas columnas y considerado sus contenidos un aporte. Es satisfactorio contribuir a la formación de las nuevas generaciones de reporteros.

Este afán de perfección periodística debe estar siempre presente, porque es requisito indispensable para lograr un diario serio y de calidad. Por eso, al terminar este ciclo debo insistir en aspectos necesarios en el ejercicio del buen periodismo, los que a pesar de ser conocidos a menudo son pasados a llevar por la presión y la premura del despacho, y en otras ocasiones simplemente por displicencia. De allí la necesidad de reiterarlos permanentemente.

El periodismo se basa en hechos comprobados, contrastados con todas las pruebas posibles, lo que exige documentarse, investigar y cotejar. Así, lo primero son los hechos, a lo mejor no lo único ni lo más importante, pero es el punto de partida, como afirma el periodista Timothy Garton Ash. Los hechos efectivos permiten el análisis y la interpretación de los mismos y por eso el voluntarismo no tiene cabida en la búsqueda de la verdad noticiosa. La independencia y la credibilidad de un diario se sustentan en la veracidad de lo que expone y constituye una contribución a los lectores y al país en general. En la medida que se entregue una información confiable, los lectores podrán tomar decisiones correctas y la autoridad ser fiscalizada. De allí que comprobar la información es un requisito ineludible.

El rigor en los hechos se extiende a las cifras que se difunden, las fechas, los nombres de personas y lugares. No dejar al azar los datos, por pequeños que sean, sino garantizarlos con una comprobación rigurosa.

En esa búsqueda de la verdad nada es más valioso que ir al lugar de los hechos e impedir su manipulación. No es suficiente la costumbre de confiar en que se llega a ella a través de opiniones de terceros, ni satisfactorio el facilismo de recoger versiones contrapuestas. En este aspecto hay que combatir con denuedo el anonimato de las fuentes, pues desde su cómoda posición el informante no asume la responsabilidad de sus dichos y ella recae en el periodista. Si éste no verifica lo que se le ha dicho, corre el riesgo de caer en la red de la tergiversación que engaña; prima hermana de la mentira. O simplemente difundir versiones interesadas, peligro que se encuentra en todos los ámbitos. No hay que ser ilusos, desde los deportivos a los políticos cuentan con procedimientos sofisticados y recursos tendentes a este fin: relativizar la verdad o imponer la “propia”.

Hoy las personas disponen de múltiples vías de información y al instante. Mensajes, fotografías y opiniones se desparraman vertiginosamente por las redes sociales. Por eso, un diario cada mañana está obligado a llevar en sus páginas un nuevo aporte al conocimiento de esa realidad.

Ese aporte no es ni el subjetivismo ni la imposición de las propias ideas; no es permitido confundir el hacer periodismo con el hacer política partidista.

Por último, de lo que frecuentemente se quejan los lectores es del mal uso del lenguaje. Un periodismo de calidad debe respetar las formas, para que quien lea La Tercera no sólo se informe, sino que sea con lo fácil de un lenguaje claro, limpio, ameno, que todos entiendan, en especial en aquellos temas de mayor complejidad.

Todo esto suena a obvio, pero los duros juicios que se escuchan sobre el quehacer periodístico obligan a considerarlos para bregar por su calidad. Son exigencias demandantes para la superación de las deficiencias informativas que acechan; su cumplimiento hará que la credibilidad y el respeto hacia la profesión se consolide. Los lectores contribuyen a eso; de allí la relevancia de acogerlos, pues ayudan a encontrar la verdad y hacerla prevalecer.

Nuevamente gracias.

Joaquín Villarino