Michelle Bachelet

Columnista invitado: Agustín Squella

No conozco a Michelle Bachelet mucho más que cualquier ciudadano que la vio gobernar cuatro años y desempeñarse antes como ministra. He estado con ella en tres o cuatro ocasiones, todas en ceremonias oficiales, salvo la vez que compartimos un almuerzo junto a otros comensales. Sentado frente a ella, la percibí sagaz, distendida, espontánea, graciosa, cercana, confiable, o sea, portadora de las mismas cualidades que le atribuye la mayor parte de sus compatriotas. Concuerdo con sus ideas de izquierda y celebro que como Presidenta no se haya dejado llevar exclusivamente por ellas y actuado siempre con clara conciencia de que lo que encabezaba era un gobierno de centroizquierda, reformista y no revolucionario, y que si la democracia le había permitido llegar al poder, esa misma democracia le imponía límites al momento de ejercerlo. Supo trabajar con algunos ministros de muy distinta biografía política que la suya e incluso algo alejados de los ideales de justicia que ella profesa, que yo veo más próximos a la igualdad que a ese blando sustituto que se impuso en la Concertación con la inapropiada palabra "equidad".

Si su gobierno fue bueno o sólo satisfactorio, es materia de discusión, pero nadie puso nunca en duda que se trató de un gobierno serio, responsable y fiel a su eje de protección e inclusión social, a la vez que abierto al diálogo tanto hacia lo que está a la derecha de la centroizquierda como más a la izquierda de ésta. Por lo mismo, la campaña iniciada después de su partida, que coincidió exactamente con la primera encuesta que reveló una altísima intención de voto a su favor, ha sido una maniobra destinada a dañar el respaldo que tiene en la ciudadanía y a hacerla bajar algunos peldaños desde su envidiable posición en las preferencias de los electores, para ver si de ese modo se apuntala mejor la carrera de quienes, muy atrás en las encuestas, tanto en la Concertación como en la Alianza, le siguen en aprobación ciudadana. Una campaña que no dio los resultados esperados para quienes la llevaron a cabo, como tampoco parece darlos el hecho de que medios lejanos a ella den abundante cobertura a cualquier nueva cara concertacionista, o ex concertacionista, de las que ahora se están promoviendo para competir en 2013.

Por lo dicho al comienzo de esta columna, no tengo la menor idea de si Michelle Bachelet será o no candidata, aunque intuyo que una persona como ella, más interesada en la política que en el poder -justo al revés de lo que podría pasar con el actual Presidente-, debe tener sentimientos muy encontrados sobre la materia. Sentimiento de compromiso con la anónima y amplia mayoría que la respalda, y sentimiento de confusión ante el descalabro de la coalición de partidos que sería el principal sustento de un eventual nuevo gobierno suyo; sentimiento de deber, por una parte, y de no querer, por otra; seguridad de que podría estar en La Moneda otra vez, y con una alta votación, y de orfandad al observar el comportamiento de muchos líderes y dirigentes concertacionistas.

Ella está siendo tratada como medio, no como fin. Como medio por los que la quisieran de vuelta para estar ellos también de vuelta, y por aquellos que dicen quererla pero agravan día tras día la crisis de la Concertación para que ella desista de volver. Y si, como conjeturo, el corazón de Michelle Bachelet está más en Chile que en La Moneda, en su barrio de Santiago más que en la sede del PS, en su casa y familia más que en el Congreso Pleno donde le pondrían la banda presidencial por segunda vez, es completamente entendible que dude y se mantenga firme en su silencio.

Quienes la quisieran ver como candidata deberían empezar por tratarla como un fin, no como un medio, y tener más en cuenta a la persona que es Michelle Bachelet que a la ex Mandataria del mismo nombre que hoy revienta las encuestas.

Publicado en El Mercurio.
Viernes 20 de Julio de 2012