¿Qué ven en Bachelet?

Columnista invitado: Agustín Squella

Es frecuente que me encuentre con amigos que no pueden explicarse el apoyo que tiene la ex presidenta. Esas personas se manifiestan desconcertadas, perplejas y hasta exasperadas (cuando son de la Alianza) con alguien que ha permanecido fuera del país durante tres años y pronunciado poco o nada acerca de los acontecimientos nacionales más importantes. Algunos que no están dispuestos a votar por ella ironizan diciendo que las personas consultadas en las encuestas están poco menos que locas y que han transformado a un ser humano común en una especie de devoción carente de toda racionalidad. Sin embargo, el hecho es que un 55% afirma que con toda seguridad votará por ella, mientras que un 19% admite la posibilidad de llegar a hacerlo.

¿Qué ve en Bachelet esa impresionante mayoría?

Ve desde luego simpatía y la tranquilidad de una sonrisa cálida y familiar, pero siente también algo más, algo que todos los políticos desearían generar en los ciudadanos: confianza. Y si esa palabra tiene diversos significados, parece que dos muy importantes concurren en este caso: esperanza en alguien, y convicción de que posee las cualidades exigidas para una tarea. Confiar significa también que se está dispuesto a depositar en otro algún asunto importante, y seguridad de que quien recibe la confianza no defraudará a quien se la entrega.

Ve a una persona de clase media, sencilla, sin pretensiones, que no ha vivido de otra cosa que un sueldo, alejada de los negocios y del afán de hacer dinero a costa de los demás. Nada malo tienen los negocios ni ganar dinero, aunque ya sabemos lo que pasa cuando esas metas son prioritarias para un individuo que no las separa ni oportuna ni suficientemente de la búsqueda o ejercicio del poder político.

Ve a una víctima no vengativa de las violaciones a los derechos humanos en que incurrió la dictadura militar.

Ve a una persona calificada -médico, con estudios de defensa en los Estados Unidos, ex ministra de dos carteras y presidenta durante 4 años-, pero que no hace ostentación de su formación profesional ni de su trayectoria política nacional e internacional.

Ve a una persona interesada en la política, mas no en el poder, a diferencia de tantos para quienes sería del caso afirmar todo lo contrario.

Ve a una ex presidenta que fue capaz de implementar políticas sociales sin esperar a que sus beneficiarios salieran a las calles para reclamarlas.

Ve a una ex mandataria que controló sus vísceras a la hora de nombrar ministros de la coalición gobernante que estaban muy lejos de su biografía e ideas, pero que representaban a los partidos y sectores que la llevaron al poder.

Ve a una ex jefa de Estado que luego de dejar la presidencia fue nominada en uno de los cargos más importantes de Naciones Unidas, el cual desempeña tan bien que se instala cuando menos el rumor de que podría llegar a ser Secretaria General de la organización.

Ve a una persona, creo yo, que si quiere volver a Chile es por su casa de La Reina, por su cabaña en Caburgua, por sus hijos, por sus nietos, por su madre, pero que, atendido el respaldo que concita, considera su deber no descartar un retorno para enfrentar una dura contienda electoral, primarias incluidas, y para encabezar un gobierno que ella sabe mejor que nadie será mucho más difícil que el que lideró entre 2006 y 2010.

Ve a un político despreocupado de los medios, en circunstancias de que otros se dan todos los días codazos para aparecer detrás del que habla en un punto de prensa cualquiera.

Ve a una persona que sin ningún tipo de narcisismo podría encabezar un próximo gobierno de centroizquierda, sin rendirse ante la izquierda ni dormirse tampoco en los brazos del centro.

En fin, la mayoría ve en Bachelet a una mujer -no a una madre ni menos a una santa, al revés de lo que ironizan sus oponentes- dotada de cualidades de bien antes que de atributos prodigiosos.

 

Publicado en El Mercurio.
Viernes 18 de Enero de 2013