HIJO DE EMIGRANTES

Columnista invitado: Andrés Sabella
1983

Decir que el 15 de marzo de 1953 murió un hombre no es decir nada extraordinario, porque la muerte es el puerto al que navegan las barcas grandes y pequeñas.

Era un hombre como todos. Pero diferente.

¿Quién era, qué hacía, cuál fue su hazaña?

Era un emigrante que vino, de lejos, a nuestra tierra, buscando un horizonte más para agrandar su vida. Hablaba algunos idiomas. Pero no el nuestro. Así, desembarcó en Antofagasta que, en 1904, empezaba a levantarse, como una realidad asentada en el poderío del salitre.

Aquí, había unos parientes que podrían ayudarlo. Traía varias libras esterlinas escondida en una faja que le tejiera su madre, al partir. Los parientes no lo acogieron a él: “recibieron bien” a esas libras esterlinas que les caían, de perlas, a sus bolsillos.

El recién llegado se halló sin un céntimo en las manos. La fortuna le sonrió cuando un farmacéutico alemán lo empleó. Al poco tiempo, otro alemán lo invitó a cambiar de rubro, proponiéndole que se ocupase de su joyería.

El emigrante comprendió que el resplandor de las alhajas lo conmovía. La joyería se llamaba Joyería Alemana. Ahí, comenzó a divisar el porvenir. Inició un negocio “al semanal”, recorriendo barrios, con el ofrecimiento de cadenas de oro y relojes Waltan. Era algo nuevo. El éxito mejoró el haber del negocio. Debiendo partir a su patria, el propietario le propuso dejárselo, bajo palabra de pago. En 1906, ya casi dueño de la joyería, decidió su aquerenciamiento definitivo con nuestro suelo. Pasó a llamarse Joyería Americana.

En 1910, en posesión cabal de ella, contrajo matrimonio, leal a sus gustos de sencillez y de ternura, de varón “quitado de bullas”. Trabajó entregado a la pasión por la belleza que descubría en diamantes y brillantes. En cierta medida, trabajaba la poesía de las piedras preciosas.

El 15 de marzo de 1953 se encontraba reunido con paisanos suyos de Jerusalén, cuando un coágulo de sangre le cayó en el cerebro, punto final a una historia que, tal vez hoy, sólo interesa a una persona: a quien la acaba de recordar. Era mi padre.