Madre

Columnista invitado: Andrés Sabella

En enero de 1920, cuando sólo tenía siete años, falleció Carmela Gálvez, mi madre. Padre me abrazó y me dijo: “Nos quedamos solos”, ahogando un profundo sollozo. La soledad me llevó a la añoranza, la introspección, la nostalgia.

Madre,/No existes hace tiempo, pero tus pupilas
están cautivas en mi alma,/ y tu alma en mi vida./Soy tu hijo
Papá confió mi crianza a Abuelita Delfina y mis tías Dela y Martina, tías adolescentes, quienes se transformaron en mis madres. Tía Delia era una contadora maravillosa de cuentos y, al amparo de las primeras sombras, me acercaba a su bondad y comenzaba a narrarme historias, a distraer mis penas de niño sin madre. Tía Martina, hasta sus últimos días, me llamó “Niño Andrés

Y llené su recuerdo de poemas:

Madre
Madre, / el amor que vivió en tus entrañas, / es mío,
mío como mis lágrimas. / No existes hace tiempo, pero tus pupilas
están cautivas en mi alma, / y tu alma en mi vida.
Soy la sangre tuya hecha hombre./ Soy tu hijo,
el niño que lloró de noche / por el árbol que canta,
el pájaro que habla, / y el agua dorada.

Y a mamá, quien me llamaba “Capitancito”, dediqué este poema:

El hijo y la madre
-Mamá, ¿dónde estás? /-Dentro de la naranja.
-¡Entraré a besarte! / -¡Ay! No podrías.
-¿Qué es la naranja? / -Un laberinto de luz
-Te libertaré con mi lanza./ -No te arriesgues, capitancito.
-¿No te veré más?/ -Cuando aprisiones el sol en tus manos.
-Guardaré las naranjas del mundo en una isla./ La isla parecerá una canasta de oro.
-El Mar será el abrazo de tu custodia. / ¡Tú y el Mar conmigo, hijo mío!

Ya en mi vida de universitario e inmerso en la vorágine de Santiago, me acogió como pensionista, la señora Elena León, a quien llamé “mamá Elena” por el cariño y dedicación con que me trataba. Para ella, en la época del 40, y en prueba de afecto, creé un hermoso libro de poemas, manuscrito y dibujado en cada hoja. Este libro nunca se ha publicado.

Tristeza es la que conocí de niño, cuando me quedaba solo y me daba cuenta que no tenía madre.

Madre, la que no tuve y de la que no conservo sino un recuerdo de un fantasma delicioso.