HOMERO, SIEMPRE EL PRIMERO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Vuelvo a la sala de Redacción de mi diario.

En el entorno, otra calle ahumada.

Todas.

Multitudes en desorden. Hollín esparcido por buses y automóviles.

Desdibujo de la ciudad.

Delirio colectivo.

Aquí, ristras de libros. Lapiceras de noble factura.

Diarios que se apilan en tres escritorios.

En uno, con sus lentes en amenaza de caer, rostro tostado por la energía del sol en su norte de origen, Homero Bascuñán.

Ahora, abuelo del periodismo.

Escritor y cronista, imperdonablemente olvidado con el Premio Nacional.

Como el antofagastino Andrés Sabella, columnista, poeta, dibujante.

Excelente conversador, atrapaba a los contertulios con sus dichos, anécdotas y recuerdos.

Autor de la novela “Norte Grande”, la excelente épica de los mineros del salitre.

Sí, postergado como Mario Gómez López, reportero valiente, atrevido y original. Perseguido político por sus convicciones de izquierda.

Sus únicas armas: el micrófono, su grabadora y un corazón puro.

Vuelvo a Homero Bascuñán. Alto, muy fornido, octogenario sin disimulos, enfermedades y quebrantos.

Tiene -tuvo- oficios incomparables: calichero y caminante.

Muy joven, hacía estallar las dinamitas y acarreaba grandes piedras.

El tránsito en su vida es de un universo múltiple: obrero textil, panadero, artista de circo, dibujante, recopilador de obras de escritores famosos y de otros inaugurales, de cancioneros y de diarios.

Fue solo a primero básico y se retiró.

Razón: le preguntó a su novel profesor cual es el plural de crisis. El joven titubeó y respondió: “Creo que es crisisis, pero voy a consultar en un diccionario que tengo en mi casa”.

Al día siguiente, ratificó: “Sí, es crisisis, aunque no se usa porque la única crisis que ha habido es esta, la del salitre”.

Homero (hasta entonces Humberto Cortés, según el Registro Civil) optó por desertar.

Sin embargo, llegó a tener cuarenta mil volúmenes. Además de la suya, compró otra casa de dos pisos para almacenar sus colecciones.

Hoy lo encuentro en su escritorio. Redacta decenas de artículos, con muchos seudónimos. Es brillante escritor y periodista.

Se hizo querible en las cenas con sus colegas del diario en que trabajaba. Improvisaba décimas populares con asombrosa facilidad y notable ingenio.

El dibujante Carso lo mostraba en retratos graciosos. Un día ilustró una crónica sobre un ladrón de gallinas que fue ahuyentado por una anciana. Su esposa –la Papina, porque él era admirador de Papini- protestó muy molesta porque era un macho.

Lo veo y despierto.

Fue un sueño. Homero, siempre el primero, murió a los 98 años.