DOS GRANDES MAESTROS DEL PERIODISMO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Tenía 14 años.

Tímido hasta el extremo, lloraba cuando me pedían que cantara en las clases de música.

Me golpeaba donde más duele si el profesor de gimnasia me exigía que saltara el caballete.

Me desconcertaba con la enseñanza del álgebra, dictada por el hermano Javier, alemán por mayor añadidura.

Leía mucho.

Me gustaban las clases de historia y de castellano, principalmente.

Un día unté mi lapicera en el tintero y le escribí una carta a Julio Martínez, el periodista deportivo más popular de Chile.

Yo soñaba con ser redactor y escritor.

Lo escuchaba y admiraba en sus programas radiales.

Leyó mi misiva una semana después y me aconsejó que siguiera en esa línea porque veía talento y habilidad para escribir.

Me dedicó casi 15 minutos, con su facilidad oratoria.

Años después, canalicé mis gustos y entré a la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica.

Estaba en una casona de San Isidro 560, con un patio donde mis compañeros jugaban fútbol y yo contemplaba.

Creé el diario mural “El Chonguero”, tomado de una anécdota contada por el profesor Octavio Marfán y que se refería al puesto más humilde de un taller periodístico.

Lo hacíamos en mi hogar puentealtino, con mi compañero Julio López Blanco.

Nicolás Velasco del Campo, director de “Las Últimas Noticias”, me llevó a su diario en 1965 y mi primer jefe fue Julio Martínez, mi ídolo de la infancia.

Trabajé con él cerca de un año y recibí su influencia en la palabra gentil y la metáfora creativa.

Mauricio Montaldo -hoy en Miami, en la Sociedad Interamericana de Prensa- me llevó un tiempo a Crónica.

De allí me rescató Luis Sánchez Latorre, quien se convirtió en mi maestro de redacción, como Guillermo Blanco en la universidad.

Integramos un nostálgico grupo con el maestro Homero Bascuñán, un santón casi mágico de esta profesión.

Sánchez Latorre me transmitió su cultura sin frontera y su humor inigualablemente irónico.

Me invitaba al tradicional Café Santos, en el centro de Santiago, donde compartíamos grandes paneras.

Me reía mucho con su almacén de conocimientos y su gracia verbal.

Me dedicó su libro “Los Expedientes de Filebo”. Él firmaba con ese seudónimo sus crípticos artículos.

Las ilustraciones eran de Antonio Romera y de Carlos Sotomayor, Carso, dibujantes de excelente categoría.

Pronto él publicó “Adiós, Medusa”, recuerdos del barrio Yungay que recorrió en su niñez y en su juventud. Y de un amor que evocó, aunque su cariño esencial fue Mimí Garfias.

Julio Martínez y Luis Sánchez Latorre, con estilos muy disímiles y vecinos en el diario durante décadas, fueron dos de mis grandes maestros de periodismo.