¡BIENVENIDOS 72!

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Nací en los aledaños de la iglesia de San Miguel.

Virginia y Enrique, mis padres, vivieron en esa comuna en sus primeros años de matrimonio.

Después en la histórica calle San Diego, en las cercanías del desalojado Mall del Mueble.

Breve tiempo.

En el dibujo del pasado, no tengo los trazos de esa etapa.

Solo mis anclas las eché en Puente Alto, poco antes de entrar al colegio.

En aquellos días, que se almacenan en mi corazón, a pocas cuadras se despeinaban las zarzamoras. Sacábamos el fruto delicioso y mi mamá hacía mermeladas arrebatadoras.

La calle se denominaba simplemente Camino a Pirque. Años más tarde, Concha y Toro.

Nos domiciliábamos en el 0165, en una casa pareada de dos pisos.

Desde sus ventanales veía el tránsito de alcaldes, regidores, obreros de la Papelera e integrantes del Regimiento de Ferrocarrileros.

A cien metros, el tren militar. Serpenteaba por el Cajón del Maipo, hasta llegar a El Volcán, muchas veces nevado.

Ingresé a la Escuela Consolidada, junto al río Maipo. Estuve dos años.

Me trasplanté a la Domingo Matte Mesías, de los hermanos de La Salle.

En la pizarra de mi ayer, la tiza escribe los mejores episodios en ese edificio, en el traspatio de la iglesia de Las Mercedes.

En tercer año preparatoria me recibió el profesor Guillermo Pino; en cuarto el humilde hermano Roberto; en quinto Víctor Donoso, quien cada tarde nos leía capítulos del libro “Corazón”.

En sexto, el hermano Víctor. Yo era muy tímido: una vez él me sacó del coro porque encontró que desafinaba. Desde entonces, empecé a llorar cada tarde en que debía cantar.

Estoy en el pórtico de mis 72 años, cumplidos el 23 de octubre.

Los pasos han sido rápidos en unas ocasiones, titubeantes en otras.

Alegres, melancólicos, tristes.

Crecí en la fe y el amor de mis papás y de mis hermanos Claudio, Patricia y Agustín.

Hoy miro una fotografía de los tres mayores en nuestra leve infancia. Aparezco con mis piernas huesudas, pantalón corto y peinado a la gomina. Lo mismo Claudio. Mi hermanita luce un minivestido blanco.

Al egresar de humanidades, tomé las llaves para abrir la puerta del periodismo, profesión de la que soy amante hasta hoy.

Entré a la Escuela de la Pontificia Universidad Católica, en la modesta calle San Isidro. Allí encontré a Guillermo Blanco, mi profesor más memorable.

Años después, él escribió su testimonio: “Ser periodista es ser testigo activo de la vida. Ser capaz de mirarla y oírla con ojos y oídos siempre nuevos. Percibir, en los rostros y voces de otra gente, la expresión de su angustia, de su amor, de su esperanza. Acercarse con respeto al dolor, a la alegría, al entusiasmo o al silencio”.

En mi paisaje pasaron amores siempre rescatables, con nombres que hoy desdibujo. Tiernas, cultas; otras, vehementes y casi cerriles; algunas briosas y también las del reino del sosiego.

Vida lúcida y lúdica, entretenida y dolorosa, rítmica y profunda. Como la devoción por Marcelo y Soledad, mis hijos.

En esta hora, bienvenidos mis 72.