LA DERROTA DE LAS VICTORIAS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

¡Huasca atrás!

El grito resonaba tronante, áspero y duro.

Los cascos de los caballos se sentían sobre el pavimento de la calle Concha y Toro de Puente Alto.

Corrían briosos, fuertes.

Tiraban un coche victoria, un carruaje de cuatro ruedas, un asiento para el conductor y un acompañante y atrás otro doble para turistas o personas que deseaban pasear por la ciudad aledaña a Santiago.

Cuando algún niño se colgaba del pescante trasero para no pagar o por broma, otros paseantes lo delataban y le pedían al cochero que lo golpeara con su huasca.

Es una de las anécdotas de estos transportes ya casi en extinción.

Servían para llevar a muchas personas para un recorrido por el que antaño se llamaba pueblo de “Las Arañas”.

Desde una ventana de mi hogar de dos pisos, los veía correr con su protección negra para el sol o la lluvia.

En muchas ocasiones, pagamos para que nos llevara al restaurante San Ramón, en la bajada hacia el río Maipo, rumbo a Pirque.

Hasta allá llegaban las victorias a veces, con un colorido que no se borra en la memoria.

Patricio Vargas Gavilán, puentealtino como sus ocho hermanos, recuerda que el nombre se adoptó en homenaje a la reina Victoria de Inglaterra.

No se sabe si hay rigor histórico en ese dato.

Pero sí en que estos carromatos servían para regresar a la ciudad, desde la ribera del río, con los que se embriagaban y eran incapaces de caminar.

De mis días en la escuela Domingo Matte Mesías, de La Salle, evoco que el humilde hermano Roberto llamaba victorias cuando llovía para que nos llevaran a nuestras casas.

Era el Cuarto C, donde nuestro profesor nos pedía que hiciéramos plantillas de grueso cartón para que no se filtrara el agua en nuestros zapatos o para evitar el frío.

Patricio Vargas dice que una victoria estaba pintada de negro y amarillo y la calificaban como “La Amarilla”.

Todas han desaparecido de Puente Alto, donde los cocheros las refugiaban detrás de La Volcanita, en la vecindad de un pantano.

Es su derrota.

Hace unos días, un canal de televisión mostró unos coches de este tipo que se mantienen en Graneros.

Son un rasgo pintoresco para una ciudad de tradiciones.

Las victorias aún están en Viña del Mar, Curicó, Pichilemu y Villarrica, entre otras ciudades.

Constituyen una atracción para los turistas y un motivo de recreación para abuelos que transitaban en ellas en sus mejores tiempos.

Los caballos naturalmente ensuciaban las calles y muchos vecinos pedían que se suspendiera este servicio.

Así ocurrió en Puente Alto y en varios lugares.

En Viña del Mar se preservan, especialmente en la avenida Perú, aunque últimamente han sido ahuyentadas por los oleajes y marejadas.

En la Ciudad Jardín convocan a extranjeros que se entusiasman con los paseos bajo el techo negro y, en algunas ocasiones, multicolor.

Pero es la derrota de las victorias.