IMÁGENES DE REPORTEROS GRÁFICOS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

La tecnología avanza con vértigo imparable.

Las comunicaciones son universales, inmediatas y simultáneas.

Nada las detiene.

En esta hora, evoco días pretéritos.

El reportero gráfico Manuel Julio fue un pionero en la toma de fotocolores.

Eran diapositivas con rollos que se enquistaban en las cámaras.

La novedad que encabezaba Manuel implicaba cambios casi increíbles.

Él portaba en su equipaje una camisa de rojo intenso. Se la ponía a todos los entrevistados para que destacaran en sus tomas.

Luego los rollos se llevaban a los estudios de Kodak y de ahí se enviaban a ¡Panamá! para su revelado.

Los transportaban en barco. El viaje de ida y vuelta tardaba 25 días.

Debía pasar el mismo tiempo para su publicación. Por lo tanto, no respondía a la actualidad ni al ritmo rápido de hoy.

Un reportero gráfico notable por su intuición y creatividad fue Héctor Rojas Erazo.

Recuerdo cuando entrevistamos al “Puma” Rodríguez en Miami. El cantante cruzó las piernas y Héctor puso la cámara debajo y enfocó hacia la cara.

Con ironía, Rodríguez dijo: “Primera vez que me fotografían las huevas”.

En mi departamento tengo una biblioteca completa con textos de Pablo Neruda, mi autor favorito.

Se suman muchos artículos sobre la obra del poeta ganador del Premio Nobel de Literatura en 1971.

En la pieza destinada a él cuelga un cuadro en el que aparece sentado en Isla Negra.

Héctor Rojas vio la foto y exclamó: “¡Yo la tomé!”.

Fue su alegría.

Otras veces era pícaro y audaz.

El primer día de clases generaba en los editores la idea de poner a los niños en actitud de llanto.

Rojas llevaba un alfiler y pinchaba a un chico o lo pisaba con el propósito de que cayeran sus lágrimas.

Las fotos cumplían las exigencias de la pauta.

Coetáneo a él fue Alejandro Basualto.

Fui con él al campeonato mundial de fútbol de 1982, que se disputó en España.

En Oviedo y en Gijón reporteamos intensamente.

En un vuelo hacia Barcelona intenté tomar mi maquinilla de escribir en el avión. Lamentablemente se desplazó y cayó sobre la frente de Basualto. La sangre manó con fluidez y terminamos el viaje en ambulancia.

Con él, las anécdotas se multiplican.

En mis comienzos de periodista me llevó al lugar de sus orígenes, en la vecindad de Talagante. Así fotografió el camino del diablo y la cruz olvidada, que acompañé con un texto que redacté de la manera más apropiada.

En el terremoto de Valdivia en 1960 -el más grande de la historia- Alejandro se entusiasmó captando fotografías en los lugares más peligrosos.

Absorto en su trabajo, un día quedó abandonado en una isla porque sus compañeros no se dieron cuenta de que él se retrasó.

Algo triste y solitario, vivía de esperanzas de rescate.

De pronto, llegó una lancha con los colores de Carabineros.

La conducía el policía René Obando Sandoval, a quien identificamos como el navegante de los ríos.

Él lo salvó.

En otra oportunidad, cayó un avión en los aledaños de Santiago.

Fuimos de noche, cruzamos canales peligrosos y senderos oscuros.

Al regreso, Basualto se extravió y fue perseguido por perros que desgarraron su ropa.

Estas son las imágenes de los reporteros gráficos.