UN PERIODISTA CON EL REMEDIO IDEAL

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Vivió su niñez entre enlozados frascos de medicamentos; en su casa encontró desde temprano el recetario magistral; en el refugio hogareño halló que amar es la fórmula.

En el barrio de Gran Avenida de Santiago atendió a los afanes de su grupo.

Entonces todos conocían a los vecinos, no a los clientes.

A los pacientes.

El vocablo mayor era botica, no farmacia, con el desenfreno de hoy. Se nos obliga a comprar; antes, a consultar la alquimia.

La familia de Abraham Santibáñez Martínez educaba e impartía. Tornaba noble una profesión, que significa acto de fe.

En la periferia, leíamos el almanaque. Sentíamos las tibias manos de mamá para que con sus friegas agitaran de nuevo las noblezas de nuestro pecho.

El joven Abraham crecía en la forja de los valores cristianos, que no son los que se venden en la Bolsa.

Tímido, tenía una pasión insólita: la lectura. Jamás el facilismo.

Cuando otros vagaban en las noches de callejuelas oscuras, él se quedaba en el registro delicado, suave y amable de los anaqueles.

Muchos años después vive en la buena vecindad del Parque Subercaseaux.

Cuando las penúltimas hojas de agosto crepitan bajo sus pisadas firmes y nunca descontroladas, Abraham Santibáñez recibe el Premio Nacional de Periodismo.

Lo merece. Lo aplaudimos.

Otros refrescan la mirada frívola, indignante e invasiva de la farándula, él propone y dispone la bondad sobre la maldad.

No se vea en mi admiración la complacencia. Ni el más cercano atisbo de pleitesía.

Todo retrato de este buen caballero –aunque no sé si él sepa montar a caballo- se suma a nuestros elogios sin fronteras.

Destaca en la docencia y en el afecto puertas adentro.

Es autor del libro Periodismo Interpretativo, fórmula Time, el más plagiado de la órbita nacional.

Lamentablemente muchos ocultan este secuestro de ideas y simplemente trabajan con esas investigaciones en las universidades. Aunque decir “trabajan” es una gentileza excesiva.

Muchos son vagos del intelecto.

Cuando egresé de la “Escuela Domingo Matte Mesías”, de Puente Alto, lo conocí en la Pontificia Universidad Católica.

Se sumó a mis grandes maestros. O yo a sus apóstoles.

Tal vez tuvo un tropiezo inicial después del 73, al creer, por un breve tiempo, en que cierto desgobierno de grupos de la Unidad Popular llevaría a un precipicio de riesgos imprevisibles.

Nos reencontramos en muchos senderos para desembocar en una democracia justa, sana y armónica.

No lo imagino en ambientes de la bohemia que encandilaban a tantos. Optó por quienes lo aman en su grupo familiar.

Abraham Santibáñez no verá su fotografía junto a Alexis Sánchez ni a Arturo Vidal. No lo reconocerán en la calle. No le pedirán autógrafos.

Sí creemos en su afán de ideas, reflexiones y armonías. Muchas veces convierte sus columnas en cartas que se multiplican en diarios y revistas.

Porque él es un periodista que rescata almas y no armas.

Pronto recuperaremos el día en que la palabra “Botica” vuelva a los diccionarios de la generosidad y no a las otras empresas muchas veces coludidas por vertientes peligrosas.

Durante larga andadura del período militar, Santibáñez estuvo detenido junto con Alejandro Guillier y otros, por su defensa reiterada, justa, proclamadota de la libertad.

Muy significativa fue su labor en la revista “Hoy”, primer gesto de equidistancia, atrevimiento y decisión.

Como en el descubrimiento y horror de los hornos crematorios de Lonquén, denunciados por la Vicaría de Solidaridad.

Abraham Santibáñez es un periodista con el mejor remedio.