¡Me prohibieron leer!

Columnista invitado:  Enrique Ramirez Capello
Ecapello348@yahoo.es

Pena máxima.

Me operaron de cataratas.

Durante una semana me apagaron la luz, me clausuraron el sol, me cerraron las cortinas de las ventanas.

Los diarios se acumulan con su novedad esporádica.

No veo los árboles de piel cobriza del vecino Parque Bustamante.

No capto la sonrisa de las estudiantes. No las percibo cuando juegan, crean, copian.

El doctor Eusebio García y su buen equipo –de la clínica oftalmológica Providencia- me operaron en 90 minutos, casi un partido de fútbol.

Acaso uno de los más tensos de mi vida.

Por paradoja, con más esperanzas.

Estoy en un mundillo de tinieblas. En el regreso a las cavernas. En reposo, con lentes oscuros. Los amigos y visitantes apelan a su ingenio y a lugares comunes. Me denominan El Padrino, con su voz áspera; animador de CQC y su semihumor repetido; Feliciano y sus canciones de cierta monotonía. Peor: Pinochet en la foto en que infundía mayor temor.

Evoco a dos personajes que admiré: Andrés Sabella, el gran creador antofagastino, y Ricardo Boizard (Picotón), columnista polémico y fundador de la Falange. Ccuando los operaron, ambos escribieron un artículo con el mismo título: ¡Un ojo de la cara¡

A la muerte del poeta nortino, Enrique Lafourcade escribió una cariñosa crónica, pero no renunció a su ironía. Lo llamó “desojado escritor

El mayor problema: no puedo leer, mi pasión irrenunciable.

Creo que nunca en mi largo tránsito estuve tanto tiempo sin hacerlo.

En cambio, horas de sosiego, reflexión, mirada corazón adentro. Repaso de capítulos gratos.

Parada en el andén. Freno en las intensidades. Momento para detener el calendario de fuegos y juegos, de presiones y agobios. Ventanas entornadas para eludir el asedio del frío.

Tenía previstas unas relecturas para las vacaciones de invierno.

No se puede pasar por la vida sin leer El Quijote”, sentencia Alejandro Carreño, mi amigo semiólogo. Quería reencantarme con el repaso de sus aventuras, ensueños, delirios. No puedo.

Me ofrecen exclusividades para mi biblioteca nerudiana. Imposible verlas. Sólo la esperanza de que en unos días todo será mejor ante mis ojos.

Me piden que no mire televisión. ¡Gran orden! No contemplaré al gordo de chistes burdos y previsibles en programas nocturnos, ni a futbolistas monosilábicos en espacios de fútbol, siempre en desencuentro con las palabras exactas.

No contemplaré a muchachillas restauradas con silicona, alejadas de la inteligencia, no me enteraré dónde está Elisa, ni seguiré las torpezas guiadas de algún reality, ni de las competencias agresivas. No escucharé las frases obvias, cómplices, anticipables de algunos comentaristas –hinchas..

No puedo enfrentar el computador. No me informaré de las cadenas rechazables, demandadoras de tiempo perdido y no tendré que eliminar mensajes indeseados.

La música es un bálsamo.

Sólo confío en el doctor Eusebio García, puentealtino sabio e histriónico, quien une la excelente tecnología con su inacabable anecdotario.

Ahora, por fin, espero ver un mundo mejor.