EL OTRO TRIUNFO DEL ROTO CHILENO.

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Celebran los mineros de Chuquicamata, con su rostro enhollinado por el vapor del cobre hirviente y sus brazos ennegrecidos por el sol del norte y las huellas del desierto.

Ríen los pescadores humedecidos por la sal del mar bravío, paradójicamente llamado Pacífico.

Aplauden los artesanos que con sus gubias y martillos tallan ya la cara de los campeones de la Copa América.

Corren los niños morenos de Tocopilla que quieren emular a Sánchez, el chico de cabriolas maravillosas que convirtió el último penal.

En la Vega, los cargadores de cajones de tomates rojos como las camisetas de los campeones apelan a su lenguaje coprolálico, parecido a las arengas de Gary Medel, el siempre bravo.

Las monjas de claustro renunciaron por un par de horas a su voto de silencio para bendecir la victoria.

El Papa argentino tal vez se entristeció con el fracaso de Messi, quien no demostró que es el mejor del mundo.

En bares y restaurantes se derramó la cerveza espumante en jarrones de vidrio.

Los que día a día protestan contra la contaminación hicieron crepitar el carbón para sus asados que los hicieron incurrir en el pecado de la gula.

En la Antártida, militantes de bases nacionales se sintieron descongelados con la caldera de sus corazones.

En la Araucanía se estremecieron voces de los mapuches, en unidad generada por el gol decisivo. Y descorcharon su gozo por el retorno de Jean Beausejour. Este recordó, en medio del éxtasis, que desataban la alegría en el Estadio Nacional, donde en 1973 la dictadura militar torturó a centenares de compatriotas.

Es el recinto que lleva el nombre de Julio Martínez, el poeta popular del fútbol, quien nunca vio a Chile campeón americano.

En poblaciones de murallas pardas en que nacieron Arturo Vidal y Gary Medel soñaron con llegar un día a igual éxito.

En la Nueva Esperanza de Puente Alto, el “Papillón Chileno” acarició su gorro policolor porque allí, entre casas sin baños asépticos ni calles pavimentadas, nació Charles Aránguiz.

Todos los rotos están felices. Como aquellos que cabritan en la novela “Norte Grande”, de Andrés Sabella, la épica de los mineros. O en las obras de Nicomedes Guzmán y Homero Bascuñán.

Jamás un arquero de nuestra tierra estuvo invicto 23 partidos, como Claudio Bravo, el mejor del torneo e impecable y serio capitán.

La Presidenta de la República sumó sonrisas y puntos en la tribuna. Aceptó la algarabía y el desorden juvenil de huéspedes que engarzaron al país. Los que hicieron olvidar la corrupción de diestra y siniestra.

Isla, Silva, Mena, el goleador Vargas y otros que vistieron la casaquilla de la selección no desdibujarán su alegría final y tan esperada.

Jorge Valdivia mostró su ingenio y destreza y actuó como niño amurrado cuando Sampaoli, el director técnico, lo sacó del partido de la clausura.

Jara prometió que nunca más meterá la mano donde no se debe. Y Pizarro puso la mesura, el orden y la buena conducta. El porteño captó aplausos cuando se acerca su retorno a Santiago Wanderers. Matías Fernández se fue como chico bueno con el primer penal.

Otro triunfo del roto chileno.