LA VISITA DE UN CRISTIANO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Silencio.

Tímido, flaco y con mi incomparable sello puentealtino, entré a la casona de San Isidro 560.

Adentro, una capilla donde rezábamos para obtener una buena nota o el triunfo de la selección chilena de futbol.

Era 1962. Escuchábamos a Elvis Presley y a los Beatles. Aplaudíamos los goles de Eladio Rojas y de Leonel Sánchez.

En el pórtico de la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica, trazábamos los primeros pasos de esta profesión de amor.

Las salas se distribuían en dos pisos y hacíamos nuestras crónicas inaugurales en crujientes máquinas de escribir.

Llegaron estudiantes desde Osorno -Julio López Blanco- y de Puerto Montt -Alejandro Gutiérrez, “Faro del Sur”.

Jovencitas hermosas, como Marcia Scantelbury, hoy notable defensora de los derechos humanos.

Y un joven de lentes gruesos, observador y pío opinante. Estuvo algunos años en el Seminario y, no obstante su irrenunciable devoción religiosa, se trasladó al barrio en que nos formamos.

Es Fernando Flatow Filippi.

Días de tránsito desde el gremialismo ya pujante al social cristianismo con que nos iluminaba Eduardo Frei Montalva. En otro polo, las tentaciones marxistas.

Fernando me visita más de medio siglo después en la residencia en que me apoltrono por culpa de una negligencia médica que me dejó con mis piernas inmóviles y mis manos torcidas.

Generosidad es la palabra que lo define a perfección. En una etapa me traía tartaletas de yogurt y otros dulces que ponían en riesgo mi peso.

Sabe que debo atenerme estrictamente a las normas que estableció una nutrióloga. Entonces, llega con galletas livianas y bebidas sin azúcar.

Me confiesa –es el verbo más apropiado- que cada mañana reza de rodillas ante un Crucifijo para mi recuperación.

Me dice que sus oraciones pueden generar un milagro, propio de su fe cristiana.

Ovillamos recuerdos y aparece el nombre de María Angélica Bulnes Ripamonti, quien falleció recientemente.

Era delicada, sutil y elegante. Dulce en el hablar y sensible cuando escribía.

Fernando Flatow evoca episodios amables con ella en la Escuela de Periodismo. Con sus brazos cruzados, la retrata con fino estilo y gran sentido de justicia.

Ella era cuñada de María Teresa Serrano, “La Coneja”, divertida, chispeante y culta.

Muchos años más tarde le hice clases a María Angélica Bulnes. El alcance de nombre me hizo titubear y añorar. Pero la refrescante alumna es hija de María Teresa y también heredó su seudónimo.

Fernando vive entre ruegos por Teresa, su esposa, y oraciones por amigos, colegas y parientes.

Sus proyecciones apuntan a Marcelo y Soledad, mis hijos, por quienes pide armonía, gratitud y proximidad.

Llega a mi residencia con alguna periodicidad, invasiva gratamente de análisis, reflexiones profundas de temas que aparecen en revistas semicientificas.

Jamás pasan días sin que vengan amigos a verme o que ex alumnos me escriban por Facebook.

La aparición de Fernando Flatow es la visita de un cristiano.