ALONE, NO ESTÁS SOLO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Soy apóstol fiel de Daniel de la Vega, único ganador de tres Premios Nacionales: Literatura, Periodismo y Arte, mención Teatro.

Nació en Quilpué en el siglo XIX. Muy joven aún, obtuvo su cédula de identidad en una época de gran analfabetismo. Por lo tanto, se consignó en su documento: Lee y escribe. Jamás quiso cambiarlo. A los 14 años se le agregó profesión: estudiante.

Tampoco lo modificó porque consideró que su tarea de toda la vida era leer, escribir y estudiar, sin claudicaciones.

En un hermoso artículo contaba que un lector corría detrás de un suplementero para arrebatarle el diario con el fin de leer una columna de su autor favorito.

Reconozco que me pasaba lo mismo los domingos con El Mercurio para disfrutar la crítica literaria de Hernán Díaz Arrieta, Alone, el mejor de todos los tiempos.

Reseñaba: “Los músicos tienen el Conservatorio y los conciertos; los pintores tienen la Escuela de Bellas Artes con exposiciones periódicas; allí ven, oyen, comparan, aprenden, se estimulan; solamente el escritor no tiene donde reclinar la cabeza.

Generalmente, para escribir más o menos decentemente, yo necesito saber con precisión lo que pienso, lo que tengo que decir y escoger entonces lo que pondré al principio y lo que pondré al final, dejando, por lo común, lo más fuerte, nuevo e impresionante para el último. Así se compone, se evitan las divagaciones inútiles y se da y se tiene la sensación de caminar, de dirigirse a alguna parte, cosa importantísima”.

Cuando quiero rescatar normas y consejos para escribir con propiedad, encuentro pertinente continuar con su texto.

Pero -aprender a escribir es una tarea larga y difícil; una tarea que no concluye jamás- con frecuencia ese régimen razonable no me basta. Es cuando no tengo en la cabeza algo que decir, una idea, un hecho, sino un ritmo, un color, una impresión musical, cierta necesidad de ordenar las palabras en determinado sentido”.

Una trinidad para escribir es absorber olores, colores y sabores. Otra: verdad, belleza y amor.

Alone anuda sus recetas en un estilo que se aproxima a la conversación natural y fluida.

Con frecuencia paso mucho rato buscando la manera de reemplazar un verbo de dos sílabas por otro que diga lo mismo, pero que tenga tres sílabas, porque ahí, en esa frase, necesito tres sílabas y no dos; sólo con tres sílabas puedo seguir, encuentro que se entona la canción y que el período se articula, mientras con dos sílabas, aunque expresan, desde un punto de vista lógico, exactamente lo mismo, la frase no marcha, cae al suelo, se deshace y la música interior, enfadada, guarda silencio. Hay que esperar que vengan las tres sílabas”.

Hay una proclamación muy justa y necesaria: es más difícil escribir breve que extenso. La concisión obliga a emplear los vocablos irremplazables, que contengan ideas claras y directas.

El gran crítico literario prosigue: “Se necesitan, de cuando en cuando, períodos y frases de tal y cual largo, que suban, que bajen, que se mantengan; después se necesitan líneas de onda corta, intercaladas, con punto aparte, especies de pizzicatos bruscos. ¿Por qué? Vaya usted a saberlo. Porque corresponden al estado de ánimo, porque es preciso cambiar, por la misma razón que en las sonatas y los conciertos, el músico emplea tiempos diferentes, y el pintor, en una tela, opone claros u oscuros, rojos a verdes o grises a blancos brillantes”.

Alone, no estás solo. Soy tu seguidor.