CHAO, ¡EH, JEFE!

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Me gustan las crónicas originales. Las que tienen vida, estremecen el alma, deleitan al lector.

Son gozosas, gloriosas y dolorosas, como los tres misterios bíblicos.

Dan una bofetada en las primeras líneas para despertar al que sigue esas palabras.

Los sacuden y atrapan.

Los subyugan y remecen.

No caen en la pereza de autores monotemáticos. Ni en la rutina previsible. Tampoco en la ramplonería estéril.

Son sutiles, elegantes, propias. Con personalidad, que significa transferencia de la persona.

Un día el entonces joven Gerardo Cañas me habló casi con éxtasis de una crónica de Miguel Merello, que él encontraba extraordinaria.

Cuando terminó de contármela, coincidí con él.

Enviaron a Miguel a un partido de dos equipos mediocres.

El juego era aburrido. Casi invitaba a la siesta.

Merello tomaba apuntes con lo que menos le agradaba: la falta de gracia.

De pronto, escuchó a alguien que gritaba con estruendo:

No te la comai”.

Al rato: “¿Dónde la tirai”?.

Las voces seguían y capturaron el interés del reportero.

Hastiado del encuentro, bajó a ver quién gritaba.

Se encontró con un ciego sentado en una silla de ruedas.

Un vecino le soplaba las acciones.

Miguel Merello optó por algo que hallé brillante:

Escribió sus crónicas desde el punto de “vista” del ciego.

Le pedí a Gerardo que la rescatara y me la mostrara para leerla a mis alumnos de las escuelas de periodismo.

Entonces vino la decepción: ¡jamás se publicó!.

El triste jefe de Merello la borró y redactó, en cambio, una nota simplona, carente de estilo y absolutamente sin alma.

Merello fue autor, durante años, de la columna “¡Eh, Jefe!”, que publicó, durante años, en “La Nación” y en “Las Últimas Noticias”.

Era irónica, divertida, anecdótica.

Merello era un periodista artesanal, hecho bajo las manos de Raúl González Alfaro.

Gracioso, interesante, coloquial.

Sabía mucho de boxeo, como Eduardo Bruna y Edgardo Marín.

Lo proclamaba con gestos, nombres e historias.

Nos divertía a todos con sus descripciones simpáticas y claras.

Conmigo recorrió el mercado persa de Teniente Cruz, donde él buscaba qué revender. Yo, en cambio, iba detrás de libros viejos, a precios muy bajos.

Su muerte nos enluta.

Ya no leeremos ¡Eh, Jefe!.

Lo lloraremos.