EL REPORTERO DE LA GRABADORA

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello

Protesto.

Nunca le dieron el Premio Nacional de Periodismo.

Lo merecía con creces porque fue su pasión y su modo de vida.

Se consagró a él.

Mario Gómez López transitó desde el barrio popular al “mejor oficio del mundo”, como proclamaba con egolatría Gabriel García Márquez.

Creció en callejuelas oscuras, detrás de una pelota hecha con las medias de la abuela.

Amó con la complicidad de postes con ampolletas quebradas deliberadamente.

Fue basquetbolista notable por su estatura y sus manos grandes. Las mismas con que atrapó una grabadora inmensa como un maletín, en la que registró muchos capítulos de la historia de Chile del último medio siglo. O con las que escribió crónicas encendidas, polémicas y valientes.

Confesaba que nunca tuvo jefe y que jamás fue jefe. Defendía su independencia con celo y tenacidad.

En la década del 60 y a comienzos de los 70 su voz tronaba en las radios con tono de tango y energía de un denunciante autónomo.

Desde niño lo escuché, junto con Luis Hernández Parker, el mejor comentarista político; Tito Mundt, el delirante colega que se hizo famoso por su programa y su columna “Yo lo conocí”, y Julio Martínez, quien le puso emoción al deporte.

El 11 de septiembre de 1973 la Junta Militar lo puso entre los 12 más buscados por su adhesión al régimen de la Unidad Popular.

Por paradoja, parecía que su micrófono y su máquina de escribir eran más peligrosos que la metralleta de los nuevos gobernantes.

Mario fue reportero sin sosiego, incansable, luchador.

Cuando unos mineros quedaron atrapados en el fondo de una mina en Andacollo, se las ingenió para meter el cable de su micrófono para que todo Chile sintiera el palpitar de los protagonistas.

También les hizo sentir cómo corría el agua del río Lauca, que creó un conflicto con Bolivia.

Nos emocionó cuando transmitió desde el sur la muerte del teniente Merino, a metros de la frontera.

Opositor al gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez –lacónico y austero- se acercó a él y le dijo: “Presidente, la ciudadanía está muy preocupada por su salud, que le podría crear problemas en su viaje a Ecuador”.

El Primer Mandatario replicó: “¿Quién le dijo eso?”. Gómez López retrucó: “Entonces, lléveme

Don Jorge le respondió: “Eso no lo veo yo. Hable con el Canciller”.

El ministro de Relaciones Exteriores era asiduo contertulio de Il Bosco, restaurante donde se juntaban periodistas, escritores, actores y vedettes del Bim Bam Bum.

Era el centro de la bohemia.

Todos apodaban “Chicharrita” al representante de gobierno. El apoyo fue inmediato.

Mario Gómez López fue testigo del instante en que el Presidente Arosemena, de Ecuador, recibió muy borracho a Alessandri, quien solo bebía agua mineral.

Los niños que entonaban el himno nacional se pusieron a llorar. Por respeto a ellos, Mario no quiso contarlo inmediatamente.

Muchos lo criticaron. Otros comprendieron que no quiso dañar a los pequeños por la vergüenza.

Cuando en 1988 se fundó la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales, dirigida por Lucía Castellón, lo invité a mis clases. Se sorprendió y emocionó porque nadie le daba tribuna.

Encandiló a los estudiantes

Siempre lo invité a otros planteles y a pesar de la diferencia de edad, embrujaba a los jóvenes. Porque su pasión era el periodismo.