Amor, humor, dolor

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Acúsome, Padre: no obstante mis irrenunciables convicciones democráticas, creo en la literatura monárquica. La de reyes. Sí, la de Neftalí Reyes Basoalto.

Absorbo el rocío de sus versos, deletreo la palabra mo-li-no, la primera que leyó en sus calzoncillos hechos con un saco harinero.

Siento sus temores cuando una salvaje lo acosaba con un cuchillo. O en la Guerra Civil española, donde descubrió a deslumbrantes escritores. O en las noches angustiantes en que –barbado, con pasaporte de ornitólogo- cruzaba la cordillera, prófugo de la persecución política.

Bebí en el manantial de su poesía.

Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces…”.

Confieso, sin acto de contrición ni ánimo de arrepentimiento, que el verbo es una estrella: ilumina senderos, inaugura surcos, desbroza historias.

Y me surte de bríos y amapolas en mi amor principal: el periodismo.

A los siete años vivía enclaustrado en una casa de dos pisos, en Puente Alto.

Con mis hermanos Claudio y Patricia nos criamos en un hogar de disciplina rígida, conservadora, católica. Nos peinaban con gomina, teníamos que estar callados en la mesa, muy obedientes de Virginia y Enrique, nuestros papás.

Era muy tímido.

Estudié en la Escuela Domingo Matte Mesías, de los Hermanos de La Salle.

Hasta hoy nos juntamos los compañeros de la Promoción del 61.

El peor en gimnasia, el mejor en conducta.

Desde niño leí todos los diarios, porque mi padre era el agente en la ciudad. Él se concentraba en “Las Últimas Noticias,” que entonces circulaba a mediodía. Ahí descubrí a Daniel de la Vega, único ganador de tres premios nacionales: Periodismo, Literatura y Arte, mención Teatro. A Luis Sánchez Latorre, inteligente, culto y erudito; a Homero Bascuñán, el gran narrador de la pampa; a Julio Martínez, el comentarista emotivo de los deportes.

Después trabajé con todos ellos.

Antes, en la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica fui discípulo de Guillermo Blanco y de Nicolás Velasco del Campo, sobre todo en el correcto uso del idioma.

Transité por periódicos y revistas, defendí la libertad de expresión con mucho amor en tiempos de quebranto de la democracia.

Abordé a escritores, vagabundos, estrellas de cine, niños de las orillas del Mapocho y políticos de todo el espectro.

Creo en una Santísima Trinidad: amor, humor y dolor.

Tuve una fuente esencial en Pablo Neruda. Colecciono todos sus libros, multitud de críticas y reportajes que he hecho en distintos medios.

Escucho los tangos y videos de Carlos Gardel y me encanto con su voz y su prosa sentimental en mi vitrola.

Soy un devoto de El Principito, a quien considero el mejor periodista del mundo porque pregunta, camina, descubre planetas y recrea la palabra.

Amo el humor leve y solidario de Charles Chaplin.

De todos tengo esculturas y cuadros en mi departamento. Creo, además, en la fuerza y en la calidad de los caballos, que trotan paradójicamente en los cielos de mi hogar.

Admiro la pintura religiosa, especialmente reproducciones con los pinceles de Ecuador.

Recibí premios estimulantes: el primero del Sindicato de Periodistas de “El Mercurio”, “Las Últimas Noticias” y “La Segunda”; el galardón Embotelladora Andina, otorgado por mis colegas nacionales, del Colegio y de las Escuelas de Periodismo; el de la Academia Chilena de la Lengua, por mi excelencia idiomática.

Ejercí mi actividad en docencia e investigación académicas en la Universidad Católica, donde me formé, en la Diego Portales, en la del Desarrollo, en la Mayor y en Uniacc.

Hoy presento setenta y dos artículos que han nacido de mi alma sensible, de mi memoria acuciosa y de mis dedos atrofiados.

Se han publicado en “El Sur” de Concepción, “El Libertador” de Rancagua, “El Líder” de San Antonio, “Puente Alto al Día” y en mi Facebook.

Como proclama García Márquez, el periodismo es un arte y se amarra indisolublemente con la literatura. En un ejercicio de egolatría profesional, dice que “el periodismo es el mejor oficio del mundo”.

No se advierta en ellos disciplina ni coherencia. Nacen de la espontaneidad y la fluidez, como quiso Juan Pablo Cárdenas, mi editor y amigo.

En estos más de tres años me han apoyado Soledad, mi hija, pilar principal de mi ánimo y entereza; mis hermanos Patricia -con visitas periódicas-, Claudio -con su fortaleza de espíritu- y Agustín. Patricio, mi cuñado. Tantos: amigos, colegas, profesores, familiares y ex alumnos.

Reciban mi libro -“Acúsome, Padre: soy periodista”- como un gesto de entrañable interés y amor por los vocablos y la riqueza idiomática.

Espero que abran sus páginas con entusiasmo, cariño y devoción. Y que perdonen mi pecado: el periodismo.