REENCUENTRO CON MIS PAPÁS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Volvieron a mi entorno.

Gratos, felices, cálidos.

Fue una tarde cercana.

Él, franco, directo, sin eufemismos.

Con su pelo algo tieso, aún entre cano.

Cejas algo ásperas, ojos semicerrados, un poco asiáticos. Nariz larga, rostro con lunares, que heredó Soledad, su nieta, mi hija.

Bigotes delgados, dientes pequeños, microbalbilla.

Terno a rayas, casi gardeliano como buen amante del tango. Corbata en tres colores, con apariencia de pintada.

Enrique, de origen humilde, forjado en el barrio Franklin, donde creció y laboró en la fábrica de calzado. Vecindad brava, popular, dura.

Trabajador ausente de cansancio, abstemio a modo de ejemplo.

Rezaba todas las noches y no podía ser interrumpido. Tampoco cuando leía el diario.

Me mira fijamente, con simpatía y autoridad, como en pretéritos días.

Dirigió mi infancia con una curiosa mezcla de jerarquía y dulzura.

Lacónico y tímido, optaba por el segundo plano. Buen anfitrión dominical, celebraba su onomástico con la banda de la Fuerza Aérea bajo la escalera de su casa puentealtina.

Virginia, tierna, lacrimosa, histriónica. De clara sangre italiana.

Alta, ojos verdes, hacendosa.

De pronto amasaba pan, cocinaba con exquisitez y arreglaba su hogar con propiedad y elegancia.

Cocía blusas que entregaba en locales árabes de calle Rosas.

Compraba una máquina Singer y antes de pagarla adquiría otra Alfa, con decisión, ante el nerviosismo de papá.

Llegó a tener doce eléctricas, en un taller enclaustrado en el fondo de la propiedad.

Fuimos cuatro hermanos: yo, el mayor; Claudio, el siguiente; Patricia, la única mujer. Años después, Agustín, hoy próspero arquitecto.

Todos muy unidos. La trinidad mayor fotografiados muy pequeños con ternos formales, de pantalón corto y prolijamente peinados. Luego, en la Primera Comunión, en una foto increíblemente pulcra y con una cruz que se elevaba en el fondo.

Fue un reencuentro gentil, nostálgico y recreador.

Están juntos, en mi cercanía. Me observan él con vigor y ella con amabilidad. Como antaño.

Hoy desde un cuadro que nació de los pinceles del joven pintor puentealtino Jorge Peñailillo.