LAS ACROBACIAS DE GABO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Tropical y mágico, bigotes a lo Groucho Marx, rostro recién restaurado por un pulcro cirujano, sortijas en su pelo y en sus voces. Fidelista sin renuncia, amante del Caribe que asoma temprano a su ventana de muros inmaculados y techo como los de bodegas de vino, convencido y convincente de que “el periodismo es un género literario”.

Y también la tertulia.

Histriónico, persistente, a veces indocumentado, siempre feliz.

Machista, edípico, fabulador y mentiroso. Patriarca de sus letras, ya próximo a la edad otoñal, armado en la fantasía y el realismo. Corrosivo, gesticulador y encendido. Sibarita intenso, amante de la palabra y de Mercedes, polémico y soñador, paradójicamente humilde en la embriaguez de su egolatría: “No olvidaré nunca que no soy nada más que el hijo del telegrafista de Aracataca”. Y de Luisa Santiago, quien cumplió 92 años, y prefiere que la llamen “niña”. Con la memoria en extravío y sus once hijos en desdibujo. Incluso éste, acaso el escritor más famoso del mundo, el colombiano estremecedor y estremecido, hirsuto y delirante, ajeno y convulso. Ganador del Premio Nobel, apóstol algo genuflexo de Castro, adversario sin perdón de Mario Vargas Llosa, amigo de Pablo Neruda y rescatador de historias insólitas. Obediente de la ley del asombro y despierto ante la incertidumbre y el imprevisto. Transeúnte de la prosa, agitador de la novedad, poeta de la circunstancia. Arrebatado al embrujo, cálido como su paisaje, vehemente en el tono y en el decir.

Brujo del encuentro, fantasma de sus historias, encantador de Macondo, el pueblo más mítico de toda la geografía. Casi fatalista, con aspecto autorreconocido de turco, corajudo y fantástico como sus personajes. Exaltado y medio obsesivo, visionario y coloquial, exuberante e imaginativo.

Gabriel García Márquez volvió al periodismo. Compró el cincuenta por ciento de la revista “Cambio” y -en correspondencia con el nombre- es su agitador.

Explosivo, insaciable, apasionado: trinidad de reportero exclusivo, que es vertiente de refresco para millares de lectores.

Esperan la revista con ansiedad, porque tiene la impronta de su director. Escuela viva en todas sus páginas, con las cargas de su tinta sin repeticiones, la sustancia del sentimiento trasvasijado a lo que en su pila bautismal es “el mejor oficio del mundo”.

Gabo recupera dramas y tragedias y sabe cómo contarlas. Sin retoque ni artificios. Simplemente con atrapadora energía narrativa. Él y sus discípulos y compañeros copropietarios. En un estilo que corta ataduras de la hamaca y que descarta poltronas en esta artesanía que es ajena a rutinas y comodidades.

Lo horrorizan las grabadoras y busca en los subterráneos de la anécdota. Persigue datos esenciales que a otros se les escapan y busca la seducción línea a línea. Se alimenta con la realidad inmediata y le pone el sabroso postre de sus recursos para hacer creíbles reportajes y crónicas.

A ese acto de fe invitó a diez editores de siete países de habla hispana, para desarmar párrafos clonados, informaciones monótonas, temas anticipables, concentración de lugares comunes.

Sabio y claro, sin ánimo de pontífice, los reunió en Cartagena de Indias, en los talleres de su Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Y salió a dar palos a cacofonías, redundancias y obviedades. A cómplices refugiados en las columnas de diarios en examen, a desconocedores de buenos caminos de esta pasión facturada en la noche, en la fe y en la permanencia. Con anclas sólo en la conversación, en la madrugada, en el gusto por escribir. En profundidades de la experiencia, en fuerzas inatajables de la vida.

Arranca secretos, trasmite mañas, memora aciertos, reconstruye parajes, da el toque de Miguel Ángel a su Moisés, disfruta con miradas desentornadas sin prejuicios, siente el tránsito de los días.

Teme únicamente al frío cuando redacta. Corrige a mano, con tinta negra, lo absorbe el cine y de él madura formas de expresión y pirotecnias visuales.

Se saca el corsé de la gramática, pero se rodea de multitud de diccionarios, a los que su amigo Julio Cortázar llamó “cementerio de las palabras”.

Defensor de su autonomía intelectual, evasivo de cualquier año de soledad, en las redes de su sentencia: “A escribir se aprende escribiendo y el periodismo me obligó a escribir todos los días muchos años”.

Regresa con éxito. El de “Textos costeños”, “Relato de un náufrago” e “Historia de un secuestro”.

Lo releo y me justifico. Con él, ¡viva el periodismo!

Sin atrevimientos no somos redactores, pero las acrobacias de García Márquez tienen riesgos. Advierto dos caídas en narraciones que se vinculan con Chile.

Escribe sobre el doble fusilamiento en Calama. Revive la historia de Gabriel Hernández Anderson y Eduardo Villanueva, agentes de la CNI, que asaltaron y dinamitaron a funcionarios del Banco del Estado. Simplemente transcribo: “Calama es un pueblo remoto de la provincia de Arica, en medio del desierto desolado de Acatama y a unos 300 kilómetros de Santiago”.

Literal en sus inexactitudes.

Otro: en su excelente relato sobre la fuga de Patricio Kelly -líder peronista prefabricado para conquistas y fantasías- desde la Penitenciaría de Santiago, se precipita en excesos. Y cuenta que un barco en que se creía que escapaba, fue obligado a regresar a... nuestra mediterránea capital.

Entonces, Gabo era feliz e indocumentado.