EL EVANGELIO DE JUDAS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

¿Quién era Cristo?

Es difícil descubrirlo. Hay que hurgar en sus palabras. Rastrear sus actos. Levantar el velo que oculta su mensaje mayor o ir a fondo en la lectura de los evangelios.

Leer en sustancia -no la periferia- lo que escribieron Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

En un ejercicio de egolatría, los periodistas creemos que ellos fueron los primeros en nuestra profesión. Con fidelidad a los hechos, no a los rumores. Con apego a la historia, no al desliz pasajero.

Hay que bucear en las profundidades para almacenar una versión prolija y no disfrazada. Buscar el amor y no el odio. La paz y no la violencia. La justicia y no el arbitrio.

El afán mayúsculo es evitar lugares comunes, propaganda absurda e interpretaciones con prejuicios.

Es el propósito de “El Evangelio de Judas”, libro escrito por Guillermo Blanco y publicado por editorial Pomaire.

En los primeros pasos dice: “Cristo no vino a predicar ningún tipo de odio o de violencia. Nada hay en el evangelio que justifique el odio, ni la -teórica, falsa- violencia sin odio. Ni siquiera la imposible asepsia de herir y matar sin odio, encuentra un resquicio en las firmes palabras de Cristo. Palabras sin puntos suspensivos, ni hipócritamente matizadores. Recoger un trozo suelto acá y un trozo suelto allá, permite promulgar, con las palabras de Cristo, los quintos, los sextos, los séptimos evangelios: “Los Evangelios de Judas”.

El autor es católico en conciencia, no en conveniencia.

Juzga con énfasis, pero sin la intención de pontificar ni establecer dominio de sus opiniones.

No rehúye, en todo caso, el análisis equilibrado y sin ambigüedades.

Cristo no solo es bueno; es la bondad.

Por eso, Guillermo Blanco interpreta episodios negativos:

“¿Quién ignora hoy lo que representó para la Humanidad del siglo XX la pesadilla del nazismo? Seis millones de judíos asesinados científicamente en los campos de concentración son solo el testimonio dramático de un régimen nacido en el matonismo, crecido en la opresión inflexible –minuto a minuto y hombre a hombre, sin reposo-, y muerto en un holocausto suicida y homicida como quizás no haya otro en la historia”.

Continúa: “Es difícil hallar a través del tiempo una maquinaria hecha tan a conciencia y con tanto cinismo para generar y mantener el mal”.

Y recuerda que insólitamente Adolfo Hitler, el tirano a quien hoy nadie defiende, se declaró católico en un tiempo.

Da ejemplos y no juicios en el aire. Con ironía, cita casos de asesinos bondadosos, bandoleros idealistas, libertadores pusilánimes.

Blanco escribe: “Quizá Judas, en cuanto individuo, no fue perverso. Quizá fue tan solo un hombre débil en quien primó la cobardía visceral sobre la misión espiritual que él y sus compañeros estaban llamados a cumplir. Quizá, incluso, Judas fue un buen patriota. Habría que verlo. En cualquier caso, su “situación personal” es capítulo aparte. La persona Judas no entra en el análisis histórico, ni entra el destino último de su alma. Entra, solo, el personaje Judas, cuyo nombre será sinónimo de traición a través de los tiempos”.