CUENTOS DE BLANCO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

Releer a Guillermo Blanco es un deleite.

Excelente engarce de periodismo y literatura.

Prosa digna, limpia, con sentido de propiedad.

Escribe de puntillas, con vocablos exactos. Sin sobras innecesarias ni escasez peligrosa.

Las palabras nacen dentro de él. No por azar ni artificio. Tienen su vida, su modo, su sentir.

Las lleva en la piel, en el corazón, en la conducta esencial.

Atrapa con sus voces porque establece un diálogo ajeno a tropiezos y engaños.

No lo esposan las normas de la gramática ni los tópicos.

En sus textos jamás se encuentran redundancias ni cacofonías.

Todo es nuevo. Refrescante. Suyo.

No sigue plantillas ni hormas repetidas.

El sabor es siempre grato. Dulce. Encantador.

Según la receta de Vicente Huidobro, mata a los adjetivos estériles.

El estilo de Blanco me pone bajo el yugo de la admiración. Como Daniel de la Vega, el príncipe de las letras; sutil, elegante, vario. O como Joaquín Edwards Bello, cronista social, culto, universal. O Pablo Neruda, venero mayor del idioma.

Cuando narra, filtra selección, sin apremios ni vértigos distorsionadores. Posee imágenes claras, sugerentes y amables.

Su redacción tiene nexos con los hechos y los procesos. Ágiles, nutridos, enteros.

Llega a mis manos “Cuero de diablo”, cuentos armoniosos que más de una vez disfruté.

El repaso es inteligente, renovador.

Comienza con “Misa de réquiem”, premio Alerce de la Sociedad de Escritores y la Universidad de Chile.

Un sacerdote oficia misa entre la oración, la piedad y el temor.

Se siente acosado por el Negro, bandido sin escrúpulos ni barreras sentimentales.

Las voces en latín se funden con el miedo y el suspenso, que deja al lector siempre tenso e inseguro.

El siniestro personaje une todos los cuentos con su presencia amenazadora.

Guillermo Blanco lo describe: “Un bandido que era el terror de la comarca cuyo estribo besaran muchos para implorar su gracia o su favor, y cuyo puñal guardaba el recuerdo de la carne de tantos muertos y tantos heridos. De vientres abiertos y caras marcadas, de brazos o pechos rajados de alto a bajo”.

Prosigue:

Debía de ser terrible vivir así, odiando y temiendo, temido y odiado, perseguido, sin saber lo que es hogar y lo que es amor, comiendo de cualquier manera en cualquier parte; amando con el solo instinto, a campo raso, a hurtadillas. Un amor de barbarie animal, desprovisto de ternura, sin caricia suave, secreta, que es como un acto esotérico: ni el beso quieto que no destroza los labios ni la charla tranquila frente a la tarde, y la mirada infinita y perfecta”.

Cuero de diablo” es su libro de sabroso consumo. Una excelente mixtura entre Blanco y… el Negro.