NADIE LEE EN CHILE

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

Una lengua común nos separa”. George Bernard Shaw.

La gramática es la cárcel del idioma”. Gabriel García Márquez.

Preocupado de su estilo, el historiador y escritor Benjamín Vicuña Mackenna le preguntó al gramático venezolano Andrés Bello, fundador de la Universidad de Chile y autor del Código Civil:

Oiga, yo no sé escribir para la gente del pueblo, ¿cómo lo hago?

Irónico, escueto y directo, el académico y lingüista le respondió:

Mire, escriba no más, si en Chile nadie lee.

La anécdota -rescatada por el novelista José Donoso- sintetiza en su sarcasmo la sabiduría de dos personajes.

El idioma vive, cambia, renace. No lo detienen las normas. Sirve para comunicarse: es dinámico, renovado, intenso.

Nadie se libra de las faltas. Una letra que se infiltra, una coma parasitaria, un dedo que aprieta la tecla vecina y se produce el caos.

El cronista y novelista Joaquín Edwards Bello –Premio Nacional de Periodismo y de Literatura- escribió: “El castellano es una disciplina. Un idioma es una nación. Pronunciarlo bien es tan importante y demostrativo de la disciplina espiritual, como lo es para el ejército la marcha acompasada de la tropa”.

El español Fernando Lázaro Carreter, ex director de la Real Academia y autor de “El dardo en la palabra”, acusa: “Es una barbaridad. La lengua española está maltratada en los planes de estudio. Es una actitud casi suicida de la sociedad el renunciar a un idioma mejor. Someter a la población a una pobreza expresiva enorme supone separar a algunas personas para que nunca asciendan en la escala social. Vamos de mal en peor. La muestra del retroceso es que multitud de chicos, incluso universitarios, no entienden el lenguaje del profesor. Son generaciones de jóvenes mudos, que emplean un lenguaje gestual, interjectivo y de empujón. Esta situación hay que denunciarla”.

Y salió a dar palos a cacofonías, redundancias y obviedades.

En el libro “Juan de Mairena”, del español Antonio Machado, hay sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. En las primeras páginas, un párrafo evocado por su inteligencia y su invitación al ahorro de palabras.

Diálogo en una clase de retórica y poética: “Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que se le dicta.

Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético”.

El estudiante, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”.

Sencillo, natural, espontáneo. Muchos lo olvidan y prefieren rodeos eufemísticos, engolamientos cínicos...