EL REGRESO DE CANTINFLAS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

Pantalón desmañado, un pañuelo en los hombros, sombrerito caído.

Caminar de bailarín en trasnoche. Camiseta blanca, desabotonada.

Podría ser un cargador de la Vega, un “medio pollo” del puerto, un “chorero” de Talcahuano.

Pero es mexicano.

Moreno como su apellido. Bigotín leve, solo en las puntillas.

Habla sin inhibiciones. Peor aun: carente de contenido. No obstante, sensible, justo, solidario.

Multitud de palabras, en dos segundos. Marea, confunde, enreda. Alegra, persuade, convence.

Tierno y divertido. El mejor bufo de América, en paralelo con Carlitos Chaplin, el mimo del cine mudo.

Es Cantinflas.

Desde niño, en cines populares, quise escuchar todos sus chistes. Sin embargo, los espectadores lo impedían con sus risas.

Hacía extensas filas con Soledad, mi hija, para ver sus películas. Cuando aparecieron los videos compré inmediatamente sus obras para disfrutarlo en privado.

Gocé.

De pronto era un barrendero que huía de ladrones de una pintura de excelencia, extraviada en un tarro de desechos. Después, un astuto policía como patrullero 777 o un delicado Quijote.

Los títulos casi siempre parodiaban obras famosas, con travesuras y sana diversión.

Su lenguaje semiconfuso creó el verbo cantinflear, aceptado por la Academia de la Lengua.

De vez en cuando la televisión chilena repite su producción y nuevamente río con entusiasmo e inocencia.

En instantes se convertía en Su Excelencia, entre solemne e irónico, fustigador y demócrata sin remilgos. Luego se transformaba en un padrecito que repartía medallas, agua bendita y mucha humildad y nobleza.

Empezó en modestas carpas de circo, teatros de pueblos y poco a poco entró al cine. Incluso llegó a Hollywood, en “La vuelta al mundo en 80 dias”, con David Niven. Pero fracasó en “Pepe”.

Cuando vino a Chile lo entrevisté en el hotel Carrera, hoy Cancillería. Pícaro, sencillo, grato. Me reseñó sus éxitos y su bondad, que iba más allá de los guiones.

Doctor, fotógrafo, analfabeto. Todos los papeles le calzaban. Era un distribuidor de alegría.

Caballero a la medida, bombero atómico o profesor rural. Abogado, mago o portero. Siempre en defensa de los pobres, con humor descerrajado.

Siete machos, prófugo o Romeo.

Todavía lo admiro. Mucho.

Las arquitectas Soledad Ramírez y Anita Toloza viajaron un par de semanas por México y conocieron la simpatía de sus anfitriones, la belleza de los paisajes, la cultura en todo rincón. Trajeron anécdotas, divertidos libros de refranes y dichos. Y grandes ensayos sobre la lengua castellana.

Con ellas regresó Mario Moreno, Cantinflas: ojos despiertos, bigote reído, provocador de sonrisas.

Un títere que me acompaña en la casa de reposo, con nostalgias, carcajadas y bellos recuerdos.

Nuevamente lo aplaudo en silencio.