¡LUCHA! ¡LUCHA!

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

La pelota rebotaba velozmente en el tablero. El piso del gimnasio de Valdivia relucía. La multitud aplaudía enfervorizada.

Afuera, las únicas dos estaciones de entonces: la del ferrocarril… y el invierno imparable.

Se disputaba el Campeonato Sudamericano de Básquetbol masculino.

Anochecía.

Las sombras oscurecían el rugiente estadio.

En el entorno, torreones, cañones y el río Calle Calle.

Sentado en la tribuna de prensa, aproveché un intermedio para correr al baño.

Regresé presuroso, con el afán de no perder detalles significativos.

De pronto, alguien me tomó del brazo izquierdo con energía.

Me sorprendí y desconcerté.

En la casi penumbra, distinguí la visera y el verde uniforme de un oficial de Carabineros.

Mis colegas estaban absortos en la reanudación del juego.

¡Está detenido!”, me dijo con voz firme, parca y autoritaria.

Enmudecí.

Levemente vi su alba dentadura.

Algo asustado, repliqué, seguro de mi inocencia: “¿Por qué?”.

Entonces, la voz fue enfática, en las fronteras del sarcasmo: “Por no reconocer a tu compañero de colegio”.

Era Antonio Sandoval Lena, condiscípulo en la Escuela Domingo Matte, de los Hermanos de La Salle, en Puente Alto.

Integramos la ya mítica Promoción 61, que preside el veterinario Miguel Ponce Vergara.

Nos abrazamos.

Siempre disfruté de su humor irónico y de su propósito de servicio policial.

Amaba su institución y se consagrò a ella con feliz excelencia.

Nuestras profesiones nos alejaron, con los hermosos reencuentros nostálgicos.

El cáncer lo atacó con agudeza y maldad.

Luchó con vigor y constancia.

Después de mucho tiempo, perdió. Llegó la hora de su clausura: la muerte.

Lo llora Pilar, su constante y abnegada esposa. Todos.

Lo velaron en Rosario, su querida tierra. Al teniente coronel lo despidieron Carabineros, con guardia especial, una salva y discursos.

Además, la Promoción 61.

En octubre de 2011 nos reunimos para celebrar los 50 años de egreso.

Oraciones en la capilla, amistad sin inhibiciones, camaradería franca.

Se acercó a mí, me miró con su palidez y me dijo: “Tú sabes cómo estoy”. Hundido en mi silla de ruedas, escuché su consejo final: “¡Lucha! ¡Lucha!”.