¡PAPEL Y PAPELÓN!

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

Añoro los clásicos universitarios.

Multitud de jóvenes con ingenuo ánimo de carnaval. Estudiantes de sonrisas descerrajadas. Bromas inocentes y sin propósito de herir.

El estadio Nacional se convertía en un hermoso teatro colectivo, pletórico de creatividad y belleza. La cancha era un escenario con millares de actores con trajes policolores y una iluminación gigantesca.

El barbado Germán Becker y Rodolfo Soto dirigían la entretenida fiesta mayor.

Talentosos, refrescantes, únicos. Identificados con la Patria, Dios y la Universidad, en el caso de la UC.

En la otra tribuna, el himno de la U con el empuje de la identificación del plantel laico.

Ambos representaban a las casas de estudios y no a barras vociferantes, indignas y temibles.

En los años 60 y 70 íbamos a presenciar espectáculos novedosos, que reunían a las familias y a la juventud.

Muñecos altos como una torre, marionetas de cinco metros y el tablero marcador de goles transformado en una muralla de hielo antártico.

La convocatoria resultaba magnética, fluida y elegante. Constituía el prólogo de los partidos de fútbol, cuyos símbolos eran Tito Fouillioux –fino y rubio estudiante de Derecho- y Leonel Sánchez, pueblerino y zurdo.

Reuniones sanas, con 70 mil personas en las galerías y sin incidentes ni rudezas.

En los capítulos inaugurales dirigían Gustavo Aguirre, relator, y el “Flaco” Gálvez, entre otros. Serpentinas, gorros y disfraces. Un día, salieron a la cancha burros con la camiseta del equipo rival.

Casi al final, alguna vez el periodista Alfredo Lamadrid fue el conductor.

Fiestas que no se desdibujan en la memoria de encuentros gratos y nobles.

Pero ahora el clásico se malbarató, con incidentes, perjuicios y deslealtades. Ya es un peligro concurrir al estadio.

Los maleantes superan a los que solo quieren disfrutar de un espectáculo deportivo. El dinero manda más que el romántico “amor a la camiseta”. Las pasiones superan al entretenimiento y el afán de ganar no tiene límites éticos.

Un jugador fue agredido con un rollo de papel. Con la velocidad y la mala intención se convirtió en un proyectil que lo lesionó. Los adversarios, en lugar de colaborar con Meneses, se burlaron de él.

Johnny Herrera, atropellador como siempre, sin frenos en sus ímpetus, corrió a exceso de velocidad y ebrio de rabia, para golpear la camilla en que sacaban al futbolista de la Universidad Católica. Sin licencia para conducir sus actos, habló con desmesura y adulteró la realidad.

Aseguró que ha recibido piedras y clavos. Probablemente entonces se le cayó un tornillo…

Esta vez se le aplicará la justicia, sin privilegios ni perdones incomprensibles. Cuando ironizó ácidamente sobre Meneses, dijo que en las fiestas infantiles tendrían que llevar ambulancias por si lanzaban serpentinas. Al arquero reserva de la Selección Chilena le corresponde un papel de equilibrio, armonía y buen ejemplo para los niños y jóvenes.

En cambio, hizo un papelón.