GABRIELA Y RADOMIRO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
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Yo no cumplía aún los 14 años. Flaquísimo, tímido y leve.

Virginia y Enrique, mis papás, me llevaban de la mano. También a Claudio y Patricia.

Integramos una extensa y sigilosa fila en la semipenumbra del Salón de Honor de la Universidad de Chile.

Me alzaron para mirar el ataúd de Gabriela Mistral: rostro marmóreo, encerado, casi intolerablemente blanquecino.

Me ahuyenté.

Corrí.

Ya leía sus poemas en el claustro de mi hogar puentealtino, pero le temí. No se me desdibuja en la memoria.

Ella murió el 11 de enero de 1957 en Estados Unidos. Solo siete días después trajeron sus restos a Chile.

El capítulo reasoma cuando leo más a fondo “discursos con historia”, de Magdalena Piñera Morel y Guadalupe Irarrázaval.

En enero de 1938 ella unió su voz a la de Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou. Faltaban siete años para que recibiera el Premio Nobel y su oratoria cautivaba.

Proclamó: “Me siento como un viejo cuerno lleno de estas voces ajenas; me oigo como una verdadera vaina de hablas reunidas, y apenas tengo en este momento esa cosa fea que se llama el acento individual, la voz con nombre propio”.

Explica su método de trabajo: “Escribo de mañana o de noche y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la causa de su esterilidad o de su mala gana respecto de mi alma.

“Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro urbano; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y que Europa me da borroneado, y mejor se ponen mis humores si yo afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles tiernos”.

El político Radomiro Tomic, su compadre y amigo, despidió a la poeta. Sin asomos de afán de partido, solo como un gran orador

Con elocuencia encendida: “Escribía y hablaba por la paz del mundo con dolorosa tensión de espíritu; odiaba la idea misma de la posibilidad de otra guerra, le dolían los pobres y su mísera heredad de tierra, de escuela y de alegrías; le dolía el hambre y la desnudez física de los niños, pero más aún la irritaba la ceguera de los que olvidan que el niño es alma y esperanza; la verdad, como ella la veía, le quemaba los labios y tenía que ser dicha, cualquiera que fuese el precio que hubiese de pagar por ello. No fue neutral, sino combatiente; testigo insobornable de su fe y de sus convicciones, en la serenidad o en el martirio”.

Gabriela Mistral y Radomiro Tomic, unidos en la palabra.