VALENTÍA SIN MIEDO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

Fue un luchador.

Tenaz, constante, entusiasta.

El cáncer lo asedió desde temprana hora, con sus llamas consumidoras y avasallante.

Irónico para vivir, certero para combatir.

Culto, se molestaba ante la ignorancia y la desidia.

Hijo de Helvio Soto, el gran cineasta, salió al exilio cuando se combatían las ideas.

En Francia, Ricarte adhirió a la autonomía de pensamiento, a la fortaleza de los principios y el fuego de la pasión.

Jamás se doblegó.

Compartí años con él en una Escuela de Periodismo universitaria.

Endilgamos a nuestros estudiantes en el sendero de la reflexión y les entregamos las semillas para la cultura.

Creyeron en nosotros.

No obstante algunas inapelables diferencias, supimos encontrarnos en la armonía intelectual, en las metas de la ética, en el círculo de la devoción profesional.

¡Jamás de rodillas!” sugiere en mi vecindad de la clínica el doctor Patricio López.

Solo minutos antes conocí la noticia de la llegada de la última instancia de Ricarte Soto.

Anclado en mi cama, lo acompaño con mis oraciones y recuerdos.

Renunció al egoísmo y a la apetencia individual. Se volcó con entereza a la lucha por los derechos a una salud oportuna, acuciosa, responsable.

Intentó que el financiamiento fuese cada vez más universal, justo y equilibrado.

Organizó campañas plurales y convocó a centenares de peregrinos cuando llamó a la Marcha de los Enfermos, en los aledaños del Parque Forestal.

Me invitó y dio tribuna para expresar mis dolores después de una infiltración que me dejó con una tetraparesia en el hospital Clínico de la Universidad Católica.

Me llevó al escenario con mi colega Cecilia Serrano, la conductora Paulina Nin de Cardona, entre otros.

Fue vocero de tantos que no tenían acceso a las autoridades y escaseaban de recursos.

En este instante de clausura terrenal, mi abrazo para Cecilia Rovaretti, su esposa, y para su hija.

A todos los que lo conocieron, amaron y siguieron.

Por que él nos dejó una herencia que ayuda a cargar nuestra cruz: ¡una lucha sin miedo!