¡ESTOY CAMINANDO!

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

  

Llueve.

Las lágrimas del cielo -como decía un siútico poeta de antaño- caen con timidez.

Cincuenta palomas de traje gris aterrizan sobre los húmedos adoquines y se estrellan contra los rieles de los viejos tranvías.

Atardece.

Llegan amigos, periodistas, familiares y lectores en un grato entusiasmo. Además mis condiscípulos de la Promoción 61 de la Escuela Domingo Matte Mesías de Puente Alto: la compra de cupones para el sorteo de dos días en las termas de Quinamávida, en los aledaños de Linares. Elizabeth Cerda, subgerenta de márquetin, expresó así su solidaridad.

Aunque casi todos saben que Oriana Zorrilla fue la ganadora, según lo certificó el amable notario Juan Facuse, se suman al generoso acto de apoyo en mi beneficio.

Me paro con dificultad. Me ayuda Karolay Hoyos, técnica en enfermería y mi bella cuidadora colombiana. Siento la alegría colectiva, que me atrapa y da energía.

Una joven actriz me cuenta que vendió cinco mil entradas para representaciones en mi auxilio.

Todo se inició el 21 de febrero de 2011, cuando el médico Álvaro Burdiles, del Hospital Clínico de la Universidad Católica, me infiltró para suavizar mis dolores de espalda y cuello. Bastaría media hora, me dijo, para que volviera sano a mi departamento. Del mismo modo lo había anticipado el traumatólogo tratante, Mauricio Campos. Sin embargo, quedé con tetraparesia. Con mis piernas sin movimiento y mis manos atrofiadas.

Perdí mi trabajo en tres universidades, en una revista y un diario. Soledad, mi cariñosa hija, es mi estímulo principal. Y en la casa de reposo, su administradora, la delicada Verónica Amigo. Y siempre mis hermanos, Patricia, Claudio y Agustín. Tantos.

Esta tarde, todo es regocijo. Intento ponerme en pie y descubro que, contra todo pronóstico, ¡puedo caminar!

Doy pasos suaves y prorrumpo en llantos. ¡Por fin!

Todos me aplauden, tiemblo de emoción y restauro mi ánimo. Retornaré a mis actividades académicas y periodísticas. Ya no envidio a los jilgueros que corrían en sus dos patitas por el jardín, mientras yo me hundía en mi silla de ruedas.

Recuperaré los placeres de mi profesión: comer y beber.

Sigo llorando… y caminando.

De pronto, despierto.

El reloj luminoso indica que son las cinco de la madrugada.

Sigo apoltronado en mi cama, con mis piernas inmóviles.