EL OTRO MANUEL

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Estoy orgulloso de ser amigo de Manuel Contreras.

Lo proclamo sin temor ni inhibición.

Él es leal, correcto, simple. Sencillo, como buen sureño.

Con las trazas de la pulcritud, de la disciplina y la jerarquía. Noble, sin duda, aunque haya ciertas incomprensiones. Contreras es transparente. Cuando sale -merecidamente- de su encierro, es libre e independiente.

Me visita con frecuencia y nuestros diálogos son gratos. Un buen paseo por la cultura.

Me habló con entusiasmo de un cuento de otro Manuel: Rojas, el autor de “Hijo de ladrón” y de “El vaso de leche”, entre obras merecedoras del Premio Nacional de Literatura.

Se titula “Un espíritu inquieto”. La prosa es rápida, enérgica, atrapadora. Tiene tendencia al adjetivo abundante, acaso algo reiterado.

El personaje principal es Pablo González, de 28 años. Sueña con un romance tembloroso, cálido y magnético.

Viste un sobretodo azul. Con él se siente galán, a pesar de que caía en “abismo reflexivo”.

Era escéptico y contradictorio frente a la muerte.

Caminaba cerca de la Casa Rosada, Buenos Aires. Al cruzar la calle, no vio un gran automóvil gris. Los huesos de su cuerpo se quebraron debajo del brioso vehículo.

Continuó su tránsito. De pronto se encontró con Alfredo Valenzuela. ¡Asombro! Él había muerto diez años antes.

Retrocedieron y contempló su cabeza destrozada y su sobretodo convertido en un guiñapo ensangrentado.

Milagros y sorpresas, desuniones y trizaduras. Juegos verbales y filosóficos. Una mezcla del ayer con la fuerza espiritual del hoy.

Pablo González reflexiona: “¡Pero yo no quiero ser un espectro perfecto, sino un hombre perfecto! ¿Cómo es posible que yo sea feliz, cuando a mi lado, en las calles, en las casas, en todo el mundo, los hombres viven y mueren sin saber, sin comprender, devorados unos por la angustia, otros por la grosería, otros por la idea de la muerte, sin realizar nada sano, nada bueno, llevándose consigo, cuando mueren, aquello que en ellos había de puro y que se pudrió con ellos, sin que nadie supiera que existía? Por un hombre que llegaba a entender algo, hay millones que no entienden nada y que viven como en el primer día del lenguaje articulado. ¡No! Yo quiero que todos los que viven sean como yo puedo ser ahora. Decirles lo que deben pensar, hacer, realizar”.

Ahí está la sustancia del relato.

Manuel Rojas escribe con imaginación y a ratos cierta rudeza.

Inquieta, genera, convoca. Una gran sugerencia. Un notable cuento.

Contreras trasmite bondad.

Por eso soy amigo de Manuel Antonio Contreras Altamirano, profesor de castellano y docente universitario de lingüística y oratoria.

¡Es bueno Manuel Contreras!