ÚLTIMO TANGO DE ALLENDE

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

La púa baila sobre el viejo tocadiscos. La voz de Carlos Gardel se impone. Es el más grande.

El Doctor -siempre con mayúscula en la obra- escucha, melancólico. Así huye de las tensiones políticas y ciudadanas.

El panadero lo acompaña, respetuoso y casi sumiso.

El anfitrión de La Moneda luce elegante, peinado hacia atrás, con el bigote cano, camisa alba, mancuernas de oro y corbata de seda.

Parece un burgués.

Es el retrato de Roberto Ampuero en “El Último Tango de Salvador Allende”.

En el pórtico, se advierte que es novela, pero en muchos episodios se engarza a la realidad convulsa de Chile entre 1970 y 1973.

El autor ha vivido en Chile, Cuba, Alemania, Suecia y Estados Unidos.

Transeúnte ideológico, hoy embajador del gobierno de la Alianza en México.

El Presidente evoca las clases del zapatero Demarchi sobre anarquismo y marxismo.

Ambos recuerdan que el taller, con olor a betún y tinta, estaba en la calle Sócrates, en el cerro Cordillera.

Allende le ofrece café y en sigilo él cree que, en época de desabastecimiento, es una suerte que haya café en la casa de los presidentes.

Hay historias paralelas y algunas en distinto tiempo. El personaje aparece en una búsqueda obsesiva tras las huellas de su hija y la memoria de la Compañía.

El Partido Socialista y el MIR ponen el acento vigoroso en la revolución armada.

Los comunistas prefieren la cautela del movimiento renovador en la vía democrática.

El gobierno se desestabiliza.

Allende le ofrece un trabajo a su amigo de juventud. Le sugiere que se integre con marinos y doña Mercedes, la cocinera. Sibarita, el Doctor describe sus platos favoritos: estofado de cordero magallánico, cazuela de ave, hígado a la italiana, torta mil hojas, como los que preparaba la añorada Mama Rosa.

Las historias se entrecruzan en viajes, intrigas y secretillos.

Ampuero narra con fluidez. Su recreación es amable, a ratos emocionante y mordaz en otros.

Rearma los diálogos en el refugio de Tomás Moro, y cuando habla de su pasión por La Payita se aproxima a la infidencia y la ironía.

Más cerca del dato que de la ficción, cuenta el delirio sentimental de Allende por Gloria Gaitán, bella colombiana de 35 años, hija de Jorge Eliécer Gaitán, líder político asesinado en Bogotá.

Asegura que perdió el control del país, ofuscó a la derecha, la escasez y el mercado negro, las presiones de Richard Nixon y la fiebre de la ultraizquierda para armar al pueblo.

Ampuero traza y destroza en “El Último Tango de Salvador Allende”.

El autor: antaño, un pasito a la izquierda; hoy, un gran paso a la derecha.