PINCELES Y ORACIONES

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Llueve.

Sin temor ni disimulo.

Casi medianoche.

Bajo el automóvil estacionado encuentro una carta del padre Manuel Villaseca.

Hace un par de meses restauró un retrato de una bella de inútiles ojos verdes. Con sombrero elegante, en la recreación del pintor Raúl Rodríguez aparecía con un cigarrillo distractor.

Su colega, el sacerdote Villaseca, lo borró sin dañar el estilo original.

El joven fotógrafo Maradona registró el cambio en siete tomas.

En la noche de lluvia, todos se sorprenden porque insólitamente reaparece el cigarrillo en las fotos.

Tocan el timbre. Es Cecilia, la hermana del cura: “Manolito acaba de morir”, me dice entre sollozos.

Miramos el cuadro: no hay humo que escape de la modelo amable (vea el diccionario, por favor).

En la secuencia fotográfica sí, ¿Último milagro del padre Villaseca?

Rememoro ese episodio cuando mi condiscípulo de pretéritos días y amigo de siempre Pedro Córdova -profesor de arte- me regala una biografía de Manuel Villaseca, impresa en “Puente Alto al Día”.

Pinceladas enérgicas y no obstante tiernas, un retrato con carácter y simpatía, nostalgias y anécdotas sencillas.

Cura claretiano, amó la prosa y la pintura con los votos de sacerdote, fue rotario y ahijado de Sergio Roubillard, emblemático alcalde socialista.

Le gustaban los viajes. En tren, barco o avión.

Engarza su historia con devoción y gracia. Habla con respeto y picardía de su mecenas, Mr. Fredick Fitz Blites. Nació en febrero de 1911en la precordillera y sosiego de su tierna irrenunciable.

Pudo ser violinista o boxeador, según sus aficiones inaugurales. Prefirió las sotanas negras y el caballete en su taller.

Un compañero de colegio optó por la poesía y reasoma permanentemente en sus relatos.

Cuando llegó a Europa, se deslumbró.

En el museo del Prado se lo admitió de copista oficial. Con su paleta y sus pinceles recreó los cuadros de Murillo. O la sonrisa de D’Artagnan, el espadachín.

Durante la guerra civil española se abrió un concurso para pintar a Cristo.

Cuenta: “Se aprobó uno mía en gran tamaño me encargué de la obra, gané unas pesetejas y gané en anchura, como pintor. A mis padres españoles y a Mr. Fyt les faltó tiempo para decidir mi viaje a Italia”.

Vida y milagro de un cura con alma de puentealtino.

Con pinceles y oraciones.