CUENTOS QUE NO SE CUENTAN

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Estoy apoltronado en mi silla de ruedas.

Medito. Añoro el vértigo y la pasión del periodismo, la alegría y el estímulo de mis clases en la universidad.

Recreo las tardes en mi departamento, con obras de arte en el entorno, mientras escucho -otra vez- a Carlos Gardel. Y las tertulias.

En la casa de reposo en que estoy -California 2490, Providencia- hay una ristra de libros que me han regalado amigos, colegas, ex alumnos y lectores.

Leo. Con cierta dificultad porque la infiltración que me hicieron en el Hospital Clínico de la Universidad Católica me dejó tetrapléjico.

Tomo un ejemplar, “Cuentos que no se cuentan”, de Antonio Sandoval Lena, edición limitada.

En el prólogo, Pilar -su hija- advierte: “Sus personajes se mueven con fluidez de lo que es natural: no hay imágenes forzadas, no hay escenarios improbables, no hay superposiciones impuestas”.

La obra rescata la principal trinidad del autor, ironía, humor, sencillez.

Prosa coloquial, casi la ligera transcripción de los relatos orales o de las conversaciones de pueblos rumorosos.

Sin apelación a artificios literarios -como Borges o Cortázar-, ajena a influencias de corrientes de moda.

Desprovista de sentido ególatra y críptico y sin un vocabulario que exija apelar a la búsqueda de significado.

De pronto, algunos tropiezos subsanables.

En el cuento “Dominó”, Antonio Sandoval recurre al sarcasmo y a la memoria.

Pinta un paisaje en que el lector puede reencontrar, por ejemplo, a Rosario, donde reside con su familia.

Inventa o reconstruye una partida con Guillermo contra Osvaldo Durán Gaete y Pedro Córdova.

¿Ficción o realidad?

Ambos fueron sus condiscípulos en la Escuela Domingo Matte Mesías, de los Hermanos de La Salle, en Puente Alto.

Es divertido, anecdótico, directo.

Se avanza con prontitud en la lectura.

Allí se supone que su dúo vence a los rivales “Los Invencibles”. Hay cierta mofa y recreación en los personajes.

Él y su compañero ganaron para sorpresa de todos.

Fue un juego.

En la revancha se desquitan.

En “La caja de zapatos” tiene toques de “El Principito”, porque uno evoca la tierna historia del corderito.

El abuelo la guarda con cautela. Hasta que se desentraña el misterio. No son cartas de anteriores amantes ni de su abuela, que no es desalmada, como en la obra de García Márquez.

Antonio Sandoval llegó a coronel en Carabineros, su institución amada.

Y los policías uniformados reaparecen en sus cuentos, con cariño y remembranzas.

Es grato leer “Cuentos que no se cuentan”.

Y no les cuento más…