CONFIESO QUE HA VIVIDO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
ecapello348@yahoo.es

Nació en Parral, en los aledaños de manzanos, ciruelos y ríos bullentes.

Su padre era un conductor de trenes. Su madre, dueña de casa.

Ella murió un mes después.

Poco después Neftalí Eliecer Reyes Basoalto vio por primera vez a su madrastra. Era dulce y tierna por lo que años más tarde la llamaría “mamadre”.

Muy chico aún aprendió la primera palabra: molino, pero separada por sílabas.

¿Por qué?

La familia era pobre y sus calzoncillos estaban hechos con sacos harineros. El niño miraba la escritura y deletreaba: “mo-li-no”.

Su alma de poeta ya era un terremoto en el corazón. Escribía en cuadernos artesanales. Su padre lo descubrió, no creyó que los versos nacían del hijo y los botó.

A los nueve años se enamoró de una vecinita y le envió sus versos. Para conquistarla, le regalaba membrillos.

Ya adolescente, se traslado a Santiago. Vivió en tristes pensiones y trasnochaba en la bohemia calle Bandera, en el centro de Santiago. Conoció a Andrés Sabella, el antofagastino autor de “Norte grande”, la novela épica de los mineros del desierto. A Radomiro Tomic, quien en 1970 sería candidato demócrata cristiano a la Presidencia de la República. A Rubén Azócar, con vientecillos frescos de Chiloé.

Redactaban sus ensueños en servilletas de papel, mientras bebían vino oscuro y barato.

Se traslado a la calle Maruri, que dio origen a uno de sus grandes poemas.

Luego nació su obra mayor: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, libro sensible, estremecedor. Con él se han enamorado millares de parejas.

Cultivo su amor por una estudiante universitaria de boina y ojos atrapadores: Albertina Azócar, hermana del novelista del archipiélago. Parece que es una de las musas de su creación, aunque él nunca lo confirmó.

Fue un romance que lo quebrantó y agitó. Ella lo evadió y se casó con otro poeta.

Neruda sufrió y siempre la tuvo en el arcón íntimo.

Viajó a otras tierras, nombrado cónsul. Conoció a una holandesa y contrajo matrimonio con ella. Las cadenas del amor se limaron poco después. Y él se desamarró y buscó otros nuevos rumbos.

Tuvo relaciones amenazantes, que lo incitaron a escribir versos ásperos y dolorosos.

En España vivió las trizaduras de la Guerra Civil y adhirió a los rivales del caudillo Francisco Franco. Trazó una tierna amistad con Federico García Lorca. Son memorables sus diálogos en Buenos Aires.

Autor de teatro y poesías, el todavía joven poeta español, fue fusilado por las fuerzas franquistas. Siempre se argumentó que más que razones ideológicas, hubo homofobia.

Pablo Neruda se casó con Delia del Carril, argentina, veinte años mayor que él. Ella -aristócrata y comunista– le presentó a los mayores representantes del arte de la Madre Patria.

Algún día, el parralino reencontró en México a una cantante lírica, de pelo rojizo: Matilde Urrutia.

Era el punto de partida de un amor clandestino. En Capri escribió “Versos del Capitán”, sin firma para que no se enterara Delia.

La primera edición anónima es un tesoro bibliográfico. Por afán y fortuna, tengo un ejemplar en mi biblioteca nerudiana. En mi departamento hay una pieza dedicada exclusivamente a sus obras. Las tengo todas, en distintas versiones, más revistas, recortes y artículos míos.

Ya desdibujado su matrimonio, se casó con Matilde en su casona de Isla Negra, junto al mar brioso y árboles harapientos.

Los mejores críticos literarios -entre ellos Alone, Hernán Díaz Arrieta, el más grande– descubrieron la autoría del libro.

El poeta escribió decenas de obras.

Militante del Partido Comunista, fue candidato a Presidente. No obstante, declinó su candidatura en favor de Salvador Allende, quién asumió la Primera Magistratura en 1970, tras ser confirmado por el Congreso.

Designó a Neruda embajador en su amada Francia, donde más allá de la burocracia, entretejió lazos culturales.

Se enfermó y tuvo que regresar a Chile.

Los médicos le descubrieron cáncer a la próstata.

Se enclaustro en Isla Negra. Amante irrenunciable, a los 69 años sus fuegos amatorios lo llevaron a encandilarse con una joven sobrina de Matilde. Ayudaba en la costura y algo en el aseo. Fue un amor delirante y tardío.

Su esposa tenía sospechas y simuló un viaje a la capital. Regreso imprevistamente y encontró al poeta en cama con la joven. La echó solo envuelta en la sábana pecadora.

Durante años no se supo de este amor semioculto. Alguna vez lo confirmó el político y escritor Volodia Teitelboim.

El acerado Enrique Lafourcade trató de encontrarla. Así nació un libro irónico y descubridor.

El cáncer asedió al poeta.

Estaba en su cama del segundo piso de Isla Negra, frente a las olas furiosas. El 11 de septiembre escuchó en su radio lo que jamás anheló: “el golpe militar y el suicidio de Allende”.

Eso lo devastó y termino su hora final: “Confieso que he vivido”. Son sus memorias, en la que aparece el inolvidable poema-artículo “La palabra”. Y en el epilogo sus críticas a los militares e incluso a Eduardo Frei Montalva. Muchos críticos literarios -entre ellos Ignacio Valente, seudónimo de José Miguel Ibáñez Langlois- , creen que el capítulo final no lo escribió él y que un autor venezolano de apellido Otero, se lo dictó a Matilde.

Ella me contó, en una entrevista exclusiva para la revista “Hoy”, que cuando se agravó pidió una ambulancia para trasladarlo a Santiago. Además de que los marinos lo habían registrado y asustado en Isla Negra, en el camino lo detuvieron muchos uniformados del ejército. Llegó a la clínica Santa María donde murió el 23 de septiembre, 12 días después del bombardeó a la moneda y la muerte del Presidente.

Charo Cofré, la folclorista y hoy dueña del restaurante de Isla Negra, me relató los últimos días del poeta.

Se sospecha y se investiga si los golpistas tuvieron culpa en su deceso.

Ahora se conmemoran 39 años de su muerte. Lo evoco con amor, nostalgia y repaso sus lecturas. Porque “confieso que ha vivido”.