TENSIÓN EN LA HORA DE CIERRE

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

En los diarios de papel impresos en Santiago, habitualmente había dos ediciones.

La primera a las 21:30 horas y circulaba principalmente entre La Serena y Puerto Montt. Se distribuían en camiones que excedían los límites de velocidad. La otra terminaba a las 2 de la madrugada, con la posibilidad de cambiar en marcha, por noticias de última hora.

Esos ejemplares llegaban a la zona central y por avión a los extremos del país.

En algunas ocasiones fui Editor Nocturno de “Las Últimas Noticias”.

Se generaron muchas tensiones y anécdotas en la hora de cierre para conseguir “golpes” –exclusividades- y evitar otros de la competencia. En lo esencial para cumplir con la ética de los hechos confirmados y nunca rumores.

La prisa no puede justificar la comisión de errores.

Una noche llego a mi oficina Mario Vac Flores, Editor Nocturno de “El Mercurio”. Con voz estentórea y algo irónica, me desafió:

-Tengo una información muy importante que tú no tienes.

Me desconcerté. No sabía qué deseaba él.

Precisó: -No sé nada sobre el protagonista y tú lo conoces a fondo.

-Me llamaron para informar que murió Alone, el crítico literario, me replicó.

Así es. Desde niño era un fanático seguidor de las columnas de Hernán Díaz Arrieta, quien firmaba con ese seudónimo. Lo admiraba y aplaudía.

Mario era boliviano y desconocía al redactor.

Le entregué la información sustantiva. Lo mismo hice con Tulio Astudillo, reportero de turno. Él se dirigió a la biblioteca y complementó lo que necesitaba.

Escribió un artículo rápidamente y, con cierta egolatría, lo firmó.

Lo despaché y se envió a la prensa, en esa época sin las ventajas de la actual tecnología.

De pronto, volvió a a aparecer el informante.

-¿Confirmaste la noticia de la muerte?, me planteó para mi sorpresa.

-¿Cómo?: supongo que tú lo hiciste, retruqué.

-Llamó su hija y nos contó, respondió Mario.

-Pero si Alone no tiene hija, puntualicé con asombro.

Astudillo se escandalizó y preocupó.

Histriónico y diverso, gritó:

-Mi artículo ya está impreso en muchos ejemplares. Yo tengo que comprobar que está muerto o…

Subió a su auto deportivo amarillo y partió rumbo a la casa de Alone, en los aledaños del Parque O’Higgins.

Al llegar, tocó el timbre y nadie abrió.

Trepó sobre la reja y saltó.

Fue hasta la puerta interior y golpeó.

Nada.

Entonces, Astudillo quebró un vidrio de la mampara y corrió el pestillo.

Vio una lucecilla en el segundo piso y llegó hasta él: una mujer acompañaba a Alone, tendido en una cama.

Tulio tomó el teléfono de un velador y me llamó.

Con precisión y nerviosismo, me dijo:

-Enriquito, tranquilo. Tengo la mano derecha de Alone en la mía. Está heladito, heladito… heladito…