La página en Blanco

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
ecapello348@yahoo.es

En base.
Hubieron.
Desapercibido.

Cuatro palabras.

Escritas con tiza y su huella alba.

Marcadas a fuego. Para siempre. Una flecha en el diccionario. Una pauta para todos los días.

Guillermo Blanco las escribió en una pizarra negra y entraron en la refinería de nuestro amor irrenunciable por los vocablos.

En la ahuyentadora lista de la corrupción idiomática.

En la devoción hecha voto perpetuo.

En el tránsito de esta profesión, acto de fe.

No nos impuso prohibiciones; nos abrió el pórtico para bautizar el desasosiego por los ojos de una muchacha almibarada; la sombra de un aromo; el rostro de un niño en las cuevas mapochinas.

Esas voces las recordaba ayer mi condiscípulo Sergio Riesenberg, mientras yo lloraba.

Porque quise a nuestro maestro. Y no me desdibujo como su apóstol.

Jamás.

Marzo de 1962, Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica. Una casona de dos pisos, en la vieja calle San Isidro. Prostíbulos aledaños con meretrices desgreñadas y gatas de púas insolentes cerca de braseros de latón. Bares en Diez de Julio y una iglesia de ladrillos a dos cuadras.

En nuestro paisaje, salas con frágiles máquinas de escribir. Teclas que esperaban el impulso creador, ingenuo y ansioso de dedos jóvenes. Papeles que salían entintados para “El Chonguero”, conmigo y Julio López Blanco, y al frente “El Canalla Hambriento” con Vicente Pérez Zurita.

María Teresa Diez, refugiada en un hogar de monjas de calle Portugal, con su sensibilidad capturada.

Pancho Castillo, uno de los primeros que atrapó para el semanario “La Voz”.

Nelson González Loguercio y su mirada de poeta sambernardino.

Tantas.

Tantos.

Nunca tontos.

Una capilla para pías oraciones. Un patio algo triste y una pandereta que se traspasaba para jugar pichangas entre piedrecillas agresivas.

Compañeras que venían del Barrio Alto y provincianos refugiados en pensiones con manteles plásticos.

Todos con el sueño de viajar hasta ciudades policolores, entrevistar a presidentes en sus palacios o a escritores entre ristras de libros.

Fernando Riera preparaba a once mozuelos de barrio para el campeonato Mundial de Fútbol: Jorge Toro, hijo de un herrero del Zanjón de la Aguada, y Tito Fouilloux, rubio universitario e ídolo de las calcetineras.

Blanco había llegado a inscribirse como estudiante. Quedó de profesor.

Y nos legó el arte de la prosa para gastar nuestras suelas y estimular talentos y descubrir, interrogar, asombrarse. Simplemente “contar historias”, como años después dirían García Márquez y Juan Luis Cebrián.

Pintar con letras; contar con tensión e intención.

Nos quitó el papel de calco y -ajeno a los pecados- nos enseñó uno: el original.

No aprendimos a transcribir, como un notario gris, enclaustrado en una oficinilla. Otras voces nos hablaban de la pirámide invertida: “Lean los primeros párrafos y váyanse, señores lectores. Ustedes no tienen tiempo para más”.

No. Con él -¡gracias a él!- nos acostumbramos a conquistar al lector. A seducirlo línea a línea. A retratar lo que otros comunes no veían. A sacarle la piel a la realidad. A meter una sonda en busca de lo que otros callaban o no veían.

Orfebre con el vocabulario, Blanco no nos exigía bibliografías: nos fomentaba la lectura.

Nos hablaba de Knut Hamsun y de José María Gironella, de Enrique Lafourcade y de María Luisa Bombal. Del humor de Jenaro Prieto, de la energía de Joaquín Edwards Bello, de la sutileza de Daniel de la Vega.

Nos endilgó por los misterios del periodismo.

Gozoso en la hora de la palabra prolija y del respeto por los hechos; glorioso por la columna redactada digna y creativa; doloroso con el horario desamarrado del reloj de los burócratas.

No es hora de biografías impersonales, de fechas exactas, de títulos de sus obras, de la mención de sus libros, de la acumulación de premios, del registro de nombres. A él no le habría gustado.

Los hombres -los grandes hombres, como Guillermo Blanco- no se almacenan en datos ni en estadísticas.

Nos quedamos con su ironía inteligente en la columna “La vida simplemente”. Con su valentía intransigente y su rebelión paradójicamente amable cuando el lápiz amenazador de la censura le borraba líneas. Como a Hernán Millas, su vecino en el humor, en la crítica independiente y en el periodismo.

En la hora infeliz de la represión y del prejuicio, respondió con lo mejor de su corazón, su única caja fuerte: la palabra.

Hombre de paz, combatió con ella. Por ella.

Reconstruía el silencio. Animaba la tolerancia. Proclamaba la libertad. La vivía, la amaba, la resguardaba.

Buscaba los rastros de un escritor en el soplo inaugural, no en la mirada rápida a la solapa. Era testigo, no juez.

Rescataba la esperanza en los rostros de los invadidos cuando estuvo en Vietnam ardiente, con Iván Cienfuegos.

Remecía el Evangelio en la instancia en que la Iglesia Católica -a la que juró fidelidad, no complicidad- defendía a los perseguidos. O cuando los olvidaba.

Escribía con mansedumbre y revisaba con virtud.

Conversaba con el alma desentornada, con el humor sin vulgaridad, con el amor al descubierto.

Seguía a Cristo por convicción. Porque cargaba la cruz de los discriminados. En profundidad, no en la periferia de los cinismos confesionales.

Fue nuestro maestro en plenitud.

En la cátedra –Universidad Católica y Diego Portales- cuando enseñó a muchas generaciones. En la revista “Ercilla” y en “Hoy”, en la instancia que compartimos en las trazas del periodismo interpretativo y de la fortaleza ética con Emilio Filippi y Abraham Santibáñez.

Por lo que nos dejó huimos de los lugares comunes: el ministro que procedió a hacer uso de la palabra, el agua que se convierte por pereza mental en líquido vital o recurso hídrico, los bomberos que se transforman en caballeros del fuego, los reos que se dan a la fuga, el voraz incendio o el equipo que gana puntos de oro.

En esa pizarra negra que evocábamos de la casona de San Isidro 560 nos reseñó la lista de redundancias evitables, de cacofonías invasoras, de gerundios extraviados.

Nos dio todo en periodismo. O casi.

Porque no le escuché algunos vocablos que también amamos: bohemia, vida nocherniega, fines de semana consagrados al diario.

Prefirió el refugio de muros a cal de su hogar. El amor de y a su esposa y sus hijos. A su biblioteca querida e incalculable.

Hoy la página queda en Blanco. La mejor. La más fuerte. La más digna

Discurso en el funeral en el Parque del Recuerdo