UN NIÑO QUIERE SER RELOJERO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

Lloramos los tres.

Solo unas semanas antes habíamos hecho la primera comunión.

Con el pelo engominado, sobrios pantalones cortos y camisas inmaculadas. Como el alma, se supone.

O el largo vestido de nuestra hermana.

Posamos en el estudio del fotógrafo Carreño, clásico. Con los labios sellados y humedecidos y un rostro pío.

Fue el 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción.

Pero el 24 hubo lágrimas en el sobrio hogar puentealtino.

Virginia, nuestra mamá, no estaba: esa nochebuena nació Agustín, el último de los hermanos. Como una emulación del humilde pesebre de Belén, en el austero y viejo hospital San Borja, en plena Alameda.

Nos quedamos con Claudio, Patricia y Enrique, nuestro papá: tranquilo, mesurado, sigiloso.

Árbol de ramas desgreñadas, María y José alrededor del Niño, mansedumbre de pastores y luz de la estrella guía.

Recibí un caballito balancín de madera. Blanco, ingenuo. Mi hermana, una muñeca con trenzas de lana y guata de aserrín. Mi hermano, una pelota de goma.

Eran días sin libre importación, con limitaciones pueblerinas. Ausentes de competencias agresivas y de egoísmos excluyentes.

El corazón sentía gozo por el refresco del nuevo integrante de la familia.

Y cuando repicaban las campanas de la iglesia María Magdalena, no estábamos todos. Dos permanecían en la maternidad. No era una excepción.

La Navidad fue siempre distinta y distante. Nuestros padres tenían la juguetería “El Kiko”, la grande de la ciudad aledaña a Santiago. Bodegas colmadas de triciclos de fierros rojos y azules, monopatines de madera, palitroques policolores.

Regalaban alegría a una multitud de niños.

Trabajaban hasta medianoche.

Llegaban cansados.

Nos amaban. Los amábamos.

No obstante, faltaba el sabor del pan con frutas confitadas, apenas brillaban los globos de vidrio que inflaba un gordo de la población Nueva Esperanza. El dinero recaudado en el vasto negocio permitía unas gratas vacaciones en el campo.

Pero Nochebuena era casi siempre triste.

Comparto las nostalgias con la poeta y periodista Sara Vial, recientemente fallecida e íntima amiga y biógrafa de Pablo Neruda. Y arranca su recuerdo. Una Navidad ella recorría el cerro Alegre, donde nació. La acompañaba un grupo de reporteros.

Todos buscaban una nota de ternura.

Los chicos revoloteaban en el anfiteatro, frente al mar de Valparaíso.

Pedían obsequios al barbado Viejo Pascuero.

Una pequeña de pecas quería un oso de peluche. Otro jovencito de piernas larguiruchas anhelaba una bicicleta. El de más allá corría tras una pelota de buena marca. Solo uno se mantenía en el suelo, tapado por una chaquetilla blanca.

A Sarita le llamó la atención. Sus colegas se habían alejado.

Ella –sensible, hurgadora, despierta- interrogó al chico que se desmañaba en el suelo.

-¿Qué quieres ser cuando grande?, dijo, inquisitiva.

-¡Relojero!, fue la enfática respuesta.

-¿Y por qué?, insistió, sumergida en la curiosidad.

-¡Porque - ellos no se mueven de su puesto!

Solo entonces se dio cuenta de que el niño no tenía piernas…