CACIQUES: SEGUNDO TIEMPO

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

El periodista Axel Pickett se enfunda la camiseta alba con el escudo del indio en el corazón y la franja negra que evoca a David Arellano.

Narra con propiedad y entusiasmo; pasión colocolina y documentación rigurosa.

Rearma varios capítulos que protagonizan Raúl Ormeño, Lizardo Garrido y Jaime Pizarro. Incluso Ormeño recuerda que con una feroz patada sacó de la cancha al brasileño Branco, apenas iniciado el partido.

Suponía que por eso no lo expulsaría. Sin embargo, se equivocó.

Siguió las instrucciones de Orlando Aravena, el director técnico.

Fue una acción muy violenta e irresponsable.

Apelo a mis tijeras virtuales para recortar párrafos con sustancia de “Caciques”, el libro que suma anécdotas, esperanzas y frustraciones de los tres futbolistas.

Vistiendo la camiseta” a rayas verticales rojas y negras del club Nuevo Horizonte, en la población Paula Jaraquemada, o la celeste con una franja horizontal amarilla del Defensor San Juan, en la Asociación Lo Franco, Lizardo Garrido deslumbraba cada vez que entraba a la cancha.

Para ir a clases”, Pizarro tomaba la liebre La Dehesa-Lo Barnechea. Se bajaba justo frente al establecimiento. Destacaba por su carácter tranquilo, sus buenas calificaciones y su inocultable talento futbolístico, que le hacía tener especial consideración del entrenador de la selección del San Pedro Nolasco. “Jugaba como 10, como volante ofensivo”, sintetiza Pizarro.

El director técnico que le encargaba esa función era Bernardo Bello, ex delantero y campeón de Colo-Colo en 1956, 1960 y 1963, que en el colegio también trabajaba como profesor de Ciencias Naturales.

-Tu veías al Colo-Colo 73 y no había ninguno tan extravagante. Chamaco era un tipo normal para vestirse, el Loco Páez era normal, Larita era sencillo, el Gringo era un gallo siempre muy tradicional. El Coco Rubilar, un señor; el Leo Herrera, también humilde. El mismo Keko Messen era un tipo súper sobrio; Beyruth, para qué decirte. Mario Galindo era el más pinturita. Pero todos esos hueones miraban a Caszely en su personalidad, en sus poleras rayadas, en los zuecos, entonces ellos se creían como Caszely, que ya estaba en España.

El otro nuevo era Jaime Pizarro, quien con sus trece años se integraba a un club que lo cobijaría durante décadas”. Lo primero que hizo fue darse tiempo para un trámite fundamental.

Lleno de entusiasmo, llegó hasta la sede de Colo-Colo, en la calle Cienfuegos 41, y de ahí caminó pocos metros hasta las oficinas de la Asociación Central de Fútbol en la esquina de Cienfuegos con Erasmo Escala.

Allí escribió, a mano, sus datos y estampó la huella digital de su pulgar derecho en una gruesa tarjeta. También entregó unas fotos tamaño carnet. El trámite se denominaba clasificación y habilitaba para disputar los torneos de las series formativas.

Las autoridades de la Asociación Central de Fútbol, entidad manejaba por el gobierno como en toda Dictadura, decidieron que había llegado la hora de triunfar para el fútbol chileno”. Y concretaron la idea que había quedado dando vueltas desde el Sudamericano de Mérida 1977. Solo había que falsificar los pasaportes de los jugadores para que aparecieran con menos edad de la real. Una triquiñuela nada complicada en un país donde los funcionarios del Estado cometían crímenes harto más atroces.

Comenzaron los entrenamientos. “Se hicieron dos grupos: A y B. El B era la selección normal. Y el A éramos todos los consagrados. Teníamos un equipazo: Roberto Rojas, Mariano Puyol, Marcelo Pacheco, Francisco Ugarte, Juan Carlos Letelier, Edgardo Fuentes”, explica Raúl Ormeño.

Llegó la hora de viajar. Dirigentes delincuentes, entrenadores ambiciosos, jugadores mal asesorados, familiares malinformados y periodistas cómplices hicieron como que no sabían.

El equipo llegó a Uruguay y, deportivamente, el plan fue un fiasco absoluto”.