CACIQUES: TRES HISTORIAS PARALELAS

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

El periodista Axel Pickett sale a la cancha a rescatar la extensa ruta de Raúl Ormeño, Lizardo Garrido y Jaime Pizarro para conquistar la Copa Libertadores 91.

De la lectura de su libro asoman párrafos que recrean la vida deportiva de los tres jugadores de Colo-Colo.

Ya tenía conversado para que su retoño, que lucía como acólito del hermano Esteban, en el Colegio La Salle, tuviera un cupo reservado en el instituto donde se formaban los futuros sacerdotes de la congregación, en La Florida. Todo indicaba que irse a Santiago sería provechoso para encauzar la vocación religiosa del pequeño”.

Mi mamá quería que yo fuera cura, era muy católica, siempre quiso tener un hijo cura”, explica Raúl Ormeño. “Terminé mi sexto Preparatoria en el Colegio La Salle de Temuco y me vine a Santiago, a los doce años. Interno, a estudiar para cura”.

Taller de reparaciones: allí se formaban los Hermanos de las Escuelas Cristianas. No administraban sacramentos ni confesaban. Tampoco oficiaban misas.

Los dirigidos por Luis Álamos campeonarían en 1972, consiguiendo un insólito promedio de más de cuarenta y cinco mil espectadores en sus partidos, y en 1973 se convertirían en el primer cuadro chileno en llegar a la final de la Copa Libertadores de América. Era un plantel integrado por doce seleccionados nacionales, quienes en 1973 también clasificarían al Mundial de Alemania 1974 y se convertirían en ídolos mayúsculos.

Con esa leyenda, conviviría a diario Raúl Ormeño.

En lo Franco -zona poniente de Santiago- entre avenida Carrascal y el río Mapocho, un larguirucho adolescente, hincha albo hasta los huesos, ahorraba moneda a moneda para ir al estadio a ver a Colo-Colo. “Iba al Nacional a ver al Colo, en la galería. Si el partido era a las tres, yo llegaba a la una”. “Iba a todos los partidos que podía. Era una cosa de locos”, reconoce Lizardo Garrrido, “me llamaba la atención cómo le pegaban a la pelota, cómo sonaba el golpe del balón, arriba, en la galería”.

-¿Cuáles jugadores eran los que más admiraban?

-Me llamaban la atención Chamaco Valdés y el Chino Caszely. Me quedaba afuera del estadio para esperar y tocar a los jugadores. Ni dormía después, era una emoción…

Una vez toqué a Chamaco y casi me morí. Eso fue el 72 o 73, tenía como quince años. Me acuerdo también de Leonel Sánchez en Colo-Colo, el 70, de Victor Zelada.

-Y junto a Valdés había varios más…

-Guillermo Paéz, que era el duro del equipo, tenía una técnica exquisita y hacía las mismas rabonas que el Bichi Borghi. El mismo Sergio Messen era buenísimo, una cosa de otro mundo, muy bueno técnicamente. Beyruth, también hacía cosas distintas. Caszely quería pasárselos a todos. Y los de atrás…Ahí uno les reconoce a Leonel Herrera y Rafael González todo lo que jugaban. Todos iban para arriba, nadie defendía. Leonel y el Rafa, siendo más defensivos, aguantaban la estantería.

Por esas fechas en Lo Barnechea, un tranquilo poblado de un valle precordillerano, más allá de donde terminaba Santiago, entre cerros y caballos, se criaba el niño Jaime Pizarro, el mayor de tres hermanos hombres. “Viví toda mi infancia en Barnechea”, relata Pizarro, “recuerdo mucho la lluvia: se cortaba la luz y teníamos problemas con la antena para poder ver televisión. Caía nieve”.

Es parte de las historias paralelas de tres caciques.