¡Soy la palabra!

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

La voz de la palabra de Enrique Ramírez
Fue ciertamente una ocasión conmovedora. Pero la presentación del último libro del periodista Enrique Ramírez Capello, tiene un significado más profundo. Es una lección acerca de la capacidad de superación de una persona castigada por una imperdonable negligencia. De víctima afectada por durísimas secuelas físicas, Enrique se ha convertido en un modelo de resiliencia y, sobre todo, ha demostrado que su vocación de maestro está intacta.
El siguiente es el texto de su vibrante discurso en la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica en la presentación del libro “De tierra soy y con palabras canto”. Guía para el correcto uso del idioma.

¡Soy la palabra!

Recorro las arterias de la flaca geografía. O loca, como proclamaba Benjamín Subercaseaux.

Voy desde el norte fronterizo al sur de las extremidades.

De las cercanías del desierto a los hielos australes.

Entre las altas montañas níveas y el océano, a veces tan poco Pacífico.

¡Soy la palabra!

Hoy me levanto al son de “La Porotera” en el Morro de Arica.

Me vuelvo áspera en la boca de los pescadores de Iquique, anudados a las redes con que capturan peces de plata.

Salto hacia Antofagasta, en la prosa de Andrés Sabella, con su "Norte Grande", la gran novela épica de los mineros.

Repico con las campanas de una multitud de iglesias de La Serena y sus callejuelas que van al mar.

Bajo el sol vigoroso del Valle de Elqui fui verso triste y melancólico, que surgió del rostro pétreo de Gabriela Mistral.

La poeta humilde que nació en casa de adobe y paja.

Llegó a la monarquía de Suecia al obtener el Premio Nobel de Literatura.

En la vecindad me hago navegante en Coquimbo.

En Pichidangui, me inclino en la iglesia de vidrio sobre las rocas ríspidas.

En Valparaíso trepo por sus 42 cerros y voy al mar por el plan.

Vuelvo a subir y encuentro a Pablo Neruda, la voz mayor de nuestro idioma.

Me susurra un verso de su "Oda al Diccionario. Aunque agnóstico, confiesa: "De tierra soy y con palabras canto".

El título del libro que presento, sin ánimo de secuestro intelectual.

Es “Guía para el correcto uso del idioma”.

¡Soy la palabra!

Todos me conquistan.

Siento su amor.

Me asfixio con el hollín de la calle Ahumada, nombre que define aquello que nos ahoga.

Me hago fuerte en el discurso de los Primeros Mandatarios.

En el centro soy pícara e ingeniosa con lustrazapatos, chinchineros y comerciantes sin frenos.

En Rancagua me consagro en el legado del héroe de la batalla y en la polémica del rodeo.

En San Fernando soy uva fresca y dulzona.

En Curicó, tengo el sabor de sus tortillas. En el pretérito, las ofrecían albas vendedoras al paso crepitante del tren al sur.

En Talca me refugio entre vides y huasos con mantas policolores.

En Parral me sumerjo en el venero nutriente de un niño pobre, de rostro aceituno, hijo de un conductor de tren lastrero, criado por su mamadre: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto.

En el tránsito de su vida se trasmutó en Pablo Neruda.

A los 20 años publicó "Crepusculario", financiado con unas monedas que le prestó Alone, magnífico crítico literario.

Después crecí con "Veinte poemas de amor y una canción desesperada".

También subí con él al podio del Premio Nobel de Literatura en 1971.

¡Soy la palabra!

En Chillán, me tiento con las humeantes ofertas del mercado y la majestad de su iglesia.

En Concepción, vivo bajo las lluvias inaugurales y la

Universidad del pórtico más llamativo de Chile.

Mis manos se ennegrecen con los mineros de Lota y la evocación de las obras de Baldomero Lillo.

En Talcahuano, veo los barcos surtos en la bahía y la mirada larga hacia la Isla Quiriquina, fábrica noble de grumetes.

Retorno a mi origen en esta tierra con los mapuches de Tirúa, minoría desplazada, sufriente y vengativa.

¡Soy la palabra!

En Temuco me encaramo al cerro Ñielol y me ahuyenta el olor de la leña que arde.

En Valdivia me magnetizo con los nenúfares de la Isla Teja.

En el Calle Calle me filtro en acaso la ciudad más bella del país.

Voy hacia Mancera y Niebla, aún con huellas del devastador terremoto de 1960.

Me subyugan volcanes, bosques, lagos y ríos.

En Puerto Montt, soy artesanía local y paleta del memorable pintor Pacheco Altamirano.

Cruzo el Canal de Chacao y me disperso por la generosidad de sus islas.

En Chiloé me extasío con el sabor de milcaos y chapaleles, disfruto del curanto. Estoy en las iglesias patrimoniales, con tejas de alerce.

Es el gobierno de las lluvias.

En Punta Arenas me agitan los gélidos vientos y beso el dedo gordo del pie derecho del Indio Patagón.

Vuelo largamente a la Antártica con las bases que imponen soberanía. Corro entre las pingüineras y cojo hielo de los témpanos.

No me olvido de Isla de Pascua, remota y casi ajena.

¡Soy la palabra!

Vengo en las páginas de este libro que llega con sorpresas, investigación y amor irrenunciable por mí.

Me domicilio en Enrique Ramírez Capello para hurgar en bibliotecas, universidades y sus creaciones.

En el rescate de sus entrevistas y columnas.

Me refresco en la vertiente de sus conocimientos, en su afán de pureza idiomática y el estilo que engarza con la ética.

Soy la jerarquía mayor en sus excelentes e inolvidables maestros: Guillermo Blanco y Luis Sánchez Latorre.

Otros, como Nicolás Velasco del Campo y Abraham Santibáñez, que están en la vitrina de la obra.

Tantos.

En sus trancos de medio siglo por el periodismo cultural e interpretativo me rescata con sentimiento y emoción.

Me quiere con persistencia.

En sus manos -hoy atrofiadas- están las golondrinas, en definición de Raúl González Alfaro.

Une el verso y la prosa, en la voz de Julio Martínez.

Me ama, sin ánimo de separación.

Su fidelidad me enternece.

En la ventana más grande se filtran la inteligencia y la tradición de la Pontificia Universidad Católica.

En la Facultad de Comunicaciones se recrea una prueba mayúscula: son 55 años de la Escuela de Periodismo, que nació en el sosiego de una casona de San Isidro 560.

¡Soy la palabra!

Mientras Enrique hurgaba en libros y recuerdos, le colaboró Rocío Muñoz Campos, en el perfil de la bibliografía y la organización del torrente verbal.

Fue una coinvestigación responsable y persistente.

Mi cara es hermosa y atractiva, en la portada, que diseñaron -con talento y generosidad- Jorge Alvarado y Mariluz Albornoz.

Y apelo a una bella página del diccionario: ¡gracias!

A Adrián Puentes, editor, por su paciencia, aporte y constancia, durante más de un año.

A Isabel Margarita Gómez, briosa productora, por su energía y capacidad de resolución.

A Jorge Andrés Richards, puente generoso y noble con la Pontificia Universidad Católica, que respalda la obra de Enrique, quien estudió periodismo en ella.

A Soledad por su cariño sin límites, su apoyo ausente de renuncias y su despliegue amoroso, constante y positivo.

A todos.

¡Soy la palabra!

Leo, escribo, corrijo.

Entrego fuego, silencio, martillo.

Pasión y ánimo.

Fuerza y estudio.

Amor, humor y dolor.

Hoy vengo enfundada en "De tierra soy y con palabras canto". Guía para el correcto uso del idioma.

Escribir “hasta que la muerte nos separe”.