RECETA PARA ESCRIBIR MAL

Columnista invitado: Enrique Ramírez Capello
eramirezcapello@gmail.com

El mexicano Luis Adolfo Domínguez buscó caminos con otras metas. Algo irónico, preparó una serie de programas radiales. Y en un capítulo incluye reglas y secretos para escribir mal.

Sus tres principios: olvide al lector, sea vago y pomposo, recurra a la palabrería.

En primera instancia invita a usar el tono oscuro y tortuoso, a descartar el triángulo autor, tema y lector.

Mordaz, enseña: “Olvide al lector siempre que pueda. Puede estar seguro de que el lector lo olvidará a usted con la misma facilidad”.

Para ello, atrévase a mantener hechos e ideas en el mismo plano, sin énfasis ni secuencia; emplee frases extensas con muchos conceptos poco relacionados; no recurra mucho al punto seguido; omita detalles esenciales.

La paradoja continúa.

El profesor explica que -para conseguir el objetivo de ahuyentar a los seguidores- deben omitirse textos cortos y lúcidos y alargarlos innecesariamente.

Desgrana el segundo principio: evite ser específico, prefiera la verborrea; incorpore muchas palabras y oraciones superfluas. Trasmita pensamientos áridos. Envuelva los defectos de la observación en una nube de palabras.

Siguen sus sarcasmos. Llama a introducir nombres abstractos en lugar de imágenes concretas.

La ruta para redactar mal es fácil: abuse de los gerundios y las redundancias, caiga en frases hechas y obviedades, aturda al lector con muchos adjetivos. Más: intente que sean floridos e inexactos, ostentosos o hiperbólicos.

El capítulo de la palabrería me parece atrapador.

Cita a Shakespeare: “No soy orador como Bruto”.

Vaya por la senda difícil y agotadora: “El que habla no es lo que puede llamarse una adepto a la profesión de la oratoria, lo que puede decirse del señor Bruto”.

Rechaza la sagrada receta de Azorín y llama a no revisar.

Sí, escriba de prisa, especialmente cuando está agotado, no deje sus temas en reposo, desatienda críticas y correcciones.

Ah, definitivamente tiene una posibilidad para asegurar la mala redacción: ¡no lea!

Lo conseguirá.

Escribir es un arte complejo. Los manuales entregan reglas y sugerencias. Pero es casi un ejercicio de ingenuidad. La inspiración no se condensa en 30 líneas de recomendaciones. El dominio de la prosa es el resultado de pasión, talento, vértigo, lectura y constancia.

En su libro “La cocina de la escritura”, Daniel Cassany provoca entusiasmo, vierte ideas, apoya intereses.

En la solapa, se cuenta: “El cocinero fue amante y pinche de la escritura. Aprendió a escribir hace más o menos veinticinco años (en una pequeña ciudad barcelonesa, con fecunda tradición de escritores), no ha parado de garabatear desde entonces y se gana la vida enseñando a escribir en una universidad. Tal es su obsesión por la escritura, que siempre lleva delantal y solo consigue escribir sobre escribir o sobre cómo se enseña y se aprende a escribir”.